• 26 de Septiembre del 2021
María Luisa Deles

María Luisa Deles

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Twitter: @mldeles

 

De la Autora

He colaborado en el periódico Intolerancia con la columna "A cientos de kilómetros" y en la revista digital Insumisas con el Blog "Cómo te explico". Mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en “Basta 100 mujeres contra Violencia de género”, de la UAM Xochimilco y en “Mujeres al borde de un ataque de tinta”, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

He sido finalista del certamen nacional “Acapulco en su Tinta 2013”, ganadora del segundo lugar en el concurso “Mujeres en vida 2014” de la FFyL de la BUAP, obtuve mención narrativa en el “Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores”, con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el “Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017” de Fá Editorial.

He participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.

Carmen se murió el día que atropellé al perro. Nunca había mostrado indicios de querer morirse. Ni siquiera esa mañana en que, como cosa muy particular, las coquitas no vinieron a comerse las croquetas. Nadie supo si aquel día de febrero lo de las nueve fue frío o calor, ni si la razón por la que sopló el viento a las diez fue empujar a las nubes para que luego lloviera. No recuerdo haber mirado al cielo. Las únicas imágenes en mi memoria son las buganvilias desmayadas en la coladera del patio y la maceta donde las verdolagas no volvieron a florecer. El aire meneaba sus hojas tembleques, entreabriéndolas como bocas para articular palabras que no se dijeron. Y a la puerta no dejaban de llamar buscándola, preguntándola, rastreándola y requiriéndola. Qué curioso que a Carmen yo la viera siempre parada en ese exacto lugar; ella cerrando por fuera y por fin la puerta de la cocina cuando los demás nos hubiéramos ido.

Antes de la pandemia, Julieta quería ser astronauta. Construir un castillo con arena de luna y un poco de agua de limón le parecía un buen sitio para dormir en sus expediciones. Entonces su casa estaba en la Ciudad de México, pero ella ya sabía de viajes. Muchos fines de semana sus papás la llevaban a Cuernavaca. Conocía infinidad de parques y jardines, el color del mar, el olor de los libros, el sabor de los arándanos y las filas en el supermercado. Comprendía que el lugar donde vive su abuelo está en una estrella y que la memoria, según le explicaron los chavos de Maroon 5, se escribe con bloques de fotografías.

Parecían tan suaves en el lujoso aparador de Prada, que sus pies se estremecieron con sólo pensar en meterse en ellas. El corte era perfecto. Unas zapatillas de salón en color azul, confeccionadas en piel cepillada para la nueva colección “Vuelven los 90”. ¿El precio? Dieciséis mil cuatrocientos noventa y nueve pesos ─según le indicó amablemente la dependienta─, pues la marca nunca exhibe esa información en la vidriera.

     ─Aquí le traigo al violador, señorita. No hace ni una hora que lo agarré, digamos, con las manos en la masa.

Moqueando en flagrancia, Benjamín hojea las páginas de un periódico. Repasa los titulares. Sorbe el café. Nariz aguileña. Ojos de rendija. Boca virulenta. Involuntariamente el rostro entero se contrae cada vez que jala los mocos. Alterna el mohín: ‘ora a la izquierda, ‘ora a la derecha.

La Nena se estremeció al oír los pasos en la escalera. Solo podían significar dos cosas: que había llegado la hora de partir, o que Amalia necesitaba consultarle algo más.

La felicidad es una adquisición.                   Facundo Cabral

De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera.

Anoche soñé contigo. Te veías hermosa y tus carcajadas fueron el escándalo que nos bebimos. Los sueños felices se parecen, ¿sabes?

Andaría por los nueve cuando comencé a acariciar la idea de la venganza. La casa de los Rodríguez era por aquel entonces una de las más guapas de la colonia. Al frente de un portón eléctrico con doble hoja, de los primeros que se instalaron en la ciudad, se levantaba un colorín tremendo: el árbol mágico del que mi madre nos tenía prohibido comer. Ella decía que sus frutos eran somníferos, pero aun estando maldito, la sombra de aquel zompantle era como el sonido de una flauta encantada.

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