• 19 de Abril del 2024

A solas (Cuento)

 

 

Juan Norberto Lerma

Toda la tarde había llovido y era natural que al anochecer la casa crujiera. Silvana, su mujer, no regresaría hasta la mañana siguiente, y más por costumbre, Fernando miró a través de la ventana, como si pudiera llegar alguien.

A solas, recostado en uno de los sillones de la sala, Fernando miró los vidrios empañados de la ventana, el fulgor de las luces de los autos que de cuando en cuando centelleaban en los cristales. Oscureció sin que Fernando apenas lo notara, y en cuanto sintió frío creyó que lo mejor sería ir a la cama, tal vez entre las sábanas desaparecería su humor melancólico.

Oprimió el mecanismo del apagador de la luz y la habitación se sumió en la penumbra, palpó las mantas como si fueran los lomos de gatos felpudos y volubles y se cubrió hasta el cuello. Los ruidos exteriores fueron disminuyendo poco a poco y sólo de cuando en cuando le llegaban rumores de las frondas cercanas, las escuchaba tan nítidamente que en su ensueño le pareció posible que en realidad fueran largas cabelleras.

De pronto, casi a punto de dormirse, Fernando escuchó con claridad que algo crujió y no supo si el ruido provenía de la habitación o pertenecía al sueño. Se sacudió la somnolencia y escuchó atentamente. Le inquietó un arrullo lejano, un murmullo como de algo o alguien que mascara muy suave. Debía ser un animal grande, pues por momentos sentía que el ruido retumbaba en sus oídos. Unos segundos después sintió que la sábana se humedecía y consiguió identificar con claridad el golpeteo de una gota que caía sobre sus pies ateridos, no obstante, en ese momento no tuvo ánimo para levantar la vista hacia la grieta que se abrió en el techo.

Los crujidos se hicieron regulares, como si la habitación tascara del lado izquierdo y luego hacia la derecha. De forma simultánea, la gota caía sobre el promontorio de sus rodillas y se extendía por el bulto oscuro de su cuerpo. Fernando ya no tuvo duda, los ruidos y los movimientos los hacía la casa. Un instante después, como para confirmar lo que él pensaba, la cama se estremeció de manera imperceptible en cada oscilación del piso y las paredes. Como pudo, Fernando se tocó las plantas de los pies para proporcionarse calor, pero retiró con repulsión las manos, porque los sintió cubiertos de una sustancia viscosa, cálida.

De un salto, Fernando se levantó, en su camino derribó la mesa que estaba junto a la cama y arrastró consigo el televisor. El interruptor de la luz no apareció por ningún lado, sin embargo, en la oscuridad palpó los cables que anteriormente estuvieron incrustados en las entrañas de los muros. Aun así, Fernando pudo hacerse del llavero, entre la tubería del fregadero y una alacena que ahora sorprendentemente estaba desempotrada.

La habitación crujió una vez más, sólo que ahora pudo escuchar el regurgitar de líquidos debajo de él. A punto del colapso, Fernando corrió hacia la puerta de la calle e intentó abrirla, sin embargo, con la lluvia la madera se había hinchado y sellaba herméticamente el marco. Si podía descorrer el cerrojo, tal vez sería fácil forzarla, y lo hubiera intentado animosamente, de no ser porque en su precipitación se golpeó con el televisor, y la llave se le escapó de las manos y fue a dar en una de las hendeduras que se habían abierto en el piso.

Fernando consiguió arrojar un ladrillo contra la ventana y romper el cristal, sólo para comprobar que por ahí nunca penetraría una persona de proporciones medianas. Extendió la mano sobre la cara exterior del muro y localizó la maceta a la altura de su rostro. A tientas, se guio por el borde de la olla de barro. Con dedos temblorosos encontró la frialdad y desnudez del clavo que sostenía la maceta, sólo cubierto nada más que por bichos, que emergieron de la tierra obligados por la lluvia ininterrumpida.

Entonces Fernando quiso tomar impulso para arrojarse y derribar finalmente la puerta de madera, pero era imposible llegar a la calle, lo supo en cuanto vio que la luz triste de la luna ya se filtraba en los escondrijos de las grietas que se habían abierto entre la cama y la ventana.

Las gotas se hicieron cada vez más y más constantes y llenaron la habitación de una nata efervescente. Fernando pensó que mientras la habitación sólo mascara, estaría bien, existían posibilidades de evitar morir aplastado por esas fauces hasta que su mujer estuviera de regreso. Sin embargo, ya era tarde para buscar acomodo entre los escombros, uno de sus pies se hundió en las resquebrajaduras del piso y la habitación comenzaba a digerirlo.

En medio del crujir del hormigón y los ladrillos, y de sus huesos reblandecidos, Fernando aún no se explicaba cómo su estúpida mujer podía haber olvidado colocar la llave de repuesto detrás de la maceta de belenes, tal como si ella no hubiera pensado que volvería el siguiente día.