• 04 de Diciembre del 2020

Pedro Lemebel, el herético francotirador

Pedro Lemebel / Facebook/Pedro.Lemebel.Mardones

Presa de las burlas homofóbicas, el personaje terminó titulándose como profesor de Artes Plásticas

 

El artista chileno Pedro Lemebel (1952-2015) aparece con la cabeza afeitada en un programa de entrevistas. Viste de negro, con las cejas y pestañas pintadas, el humo del cigarrillo que fuma con prestancia, pareciera transportar una parte de la historia sórdida de Chile bajo la dictadura, del ejercicio abierto de la homosexualidad en un país que implosionó, mientras los jóvenes eran arrebatados de las calles por la inconsecuencia del régimen militar.

Lemebel responde a las preguntas del entrevistador, con la honda suavidad de un cronista que otorgó voz a lo marginal, contribuyendo a visibilizar las minorías. En la muñeca izquierda porta un pañuelo rojo que simboliza su filiación comunista, pero Lemebel no necesitó nunca de la aceptación pública, su impulso fue la reivindicación de los rechazados por medio de un estilo que mezcló lo poético y lo narrativo, en un contexto literario tan hilarante como puntual, que elevó lo proscrito para el contento de una minoría relegada, o la furia cíclica de la burguesía contra lo diverso.

En la entrevista, Lemebel habla de los hitos literarios que retrataron a la homosexualidad desde los linderos del costumbrismo latinoamericano: “El lugar sin límites” (José Donoso), “El beso de la mujer araña” (Manuel Puig), “El lobo, el bosque y el hombre nuevo” (Senel Paz), textos fundamentales donde la orientación sexual diversa, se debate entre los estertores de la ideología política, la opresión y el machismo.

Lleno de sí, Pedro Lemebel da lectura a un fragmento de su novela “Tengo miedo torero”, obra que retrata el amor entre un homosexual y un guerrillero. Consciente de la propia maestría para desnudar aquellos escenarios urbanos, donde la pobreza se carga como un estigma, establece con tino los puntos de unión entre la clandestinidad de los protagonistas: él, un luchador social, el otro, un travesti en retiro, ambos, relegados a la supervivencia desde la penumbra donde la opresión fuerza a los dos a quebrantar sus personalidades.

La personalidad como una identidad impuesta, construida por instancia del sistema capitalista al que ambos evaden al autonombrarse “Carlos” y “La loca del frente”, respectivamente.

Pedro Segundo Mardones Lemebel, nació en Santiago de Chile el 21 de noviembre de 1952.  Se crio en un barrio populoso, yendo a estudiar a un Liceo donde a la sazón, se enseñaba a los jóvenes tareas rudas como la forja de metal. Presa de las burlas homofóbicas, el personaje terminó titulándose como profesor de Artes Plásticas.

Alejado de la docencia por culpa del machismo imperante, Pedro se inicia en los años 80’s en diferentes talleres literarios, donde descubre su poderosa afición por la crónica, trabando por otro lado, contacto con promotoras del feminismo y activistas de izquierda en Chile.

En septiembre de 1986, Pedro Lemebel acude a un acto político de izquierda maquillado y vestido con tacones, en tal ocasión da lectura a un manifiesto titulado: “Hablo por mi diferencia”, se trata de un texto demoledor, donde Lemebel se arrojó contra los pretendidos academicistas del socialismo, los mismos que se burlaron de él por su orientación sexual, acusando igualmente la criminal homofobia de quienes, desde entonces, se autonombraron los “apóstoles de la izquierda” en Chile.

En su manifiesto, Lemebel no reconoció contemplación alguna, se trata pues de un grito de batalla agudo, inconsecuente contra la pobre concepción de una hombría latinoamericana, exaltada por los prejuicios y el sonido seco de las botas militares.

No soy Pasolini pidiendo explicaciones

No soy Ginsberg expulsado de Cuba

No soy un marica disfrazado de poeta

No necesito disfraz

Aquí está mi cara

Hablo por mi diferencia

Defiendo lo que soy

Y no soy tan raro

Me apesta la injusticia

Y sospecho de esta cueca democrática

Pero no me hable del proletariado

Porque ser pobre y maricón es peor

Hay que ser ácido para soportarlo

Es darle un rodeo a los machitos de la esquina

Es un padre que te odia

Porque al hijo se le dobla la patita

Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro

Envejecidas de limpieza

Acunándote de enfermo

Por malas costumbres

Por mala suerte (Fragmento).

En el año de 1987, Lemebel conformó junto a Francisco Casas el dúo artístico “Las yeguas del Apocalipsis”, con el que se lanzó tras la concepción de arriesgados performances, a menudo reprobados por la mirada autocomplaciente de los críticos de arte. El contexto vanguardista de su apuesta visual, llevó a Lemebel y Casas, a aparecer, por ejemplo, desnudos sobre un caballo, con la intención de intervenir los espacios públicos de Chile: exposiciones, premiaciones y eventos en general, donde el dúo logró incomodar a los émulos del establishment.

La totalidad de su irreverencia, volvió a Pedro Lemebel un referente obligado en el ámbito de la contracultura de su tiempo, de tal manera sus libros de crónicas: “La esquina es mi corazón: crónica urbana”, “Loco afán: crónicas de sidario”, “De perlas y cicatrices”, “Zanjón de la Aguada”, “Adiós mariquita linda”, “Serenata cafiola”, entre otros, han sido traducidos a varios idiomas, y valorados en la actualidad, como un auténtico objeto de culto.

Sobreponiéndose a cualquier pronóstico que le asignaba un oscuro papel en la historia, Pedro Lemebel dibujó en sus páginas literarias el rostro atormentado de los “sin nombre”, aquellos mártires silenciosos que sobreviven apenas entre los andrajos, o los mendrugos de pan que arroja la burguesía para calmar el ancestral remordimiento. También añadió a lo “queer” la aromática esencia del idioma español, la lengua de Cervantes revestida de contracciones, jergas, caló, y resonancias de los oscuros pasajes urbanos a donde los gentleman solo acudirían a la búsqueda de sexo a la medianoche.

Sexo bajo los muros plenos de grafiti, el aroma de la desigualdad que no sobrevivirá ante la gloriosa embestida de las carísimas aguas de colonia de los ricos contratantes. Los autos de lujo, que no son precisamente los carruajes de ninguna princesa, y la desgracia fortalecida ante el advenimiento de los navajazos en la barriada, allí donde lo imprescindible es la pobreza, cuando el signo más visible del capitalismo putrefacto es el invento de la prostitución.

Pero Lemebel, es también la frase precisa, el humor, las crónicas del apocalíptico VIH que llegan a la posteridad travestidas, como los rostros pintarrajeados de los “sin nombre”, aquellos que han preferido maquillarse, usar los tacones altos como una herramienta punzocortante, a perecer bajo las garras del contemporáneo canibalismo. Lemebel es esencialmente el fino rubor de los 80’s, la movida, el nuevo argot lésbico-gay, la defensa de los derechos de las minorías, el grito de batalla de otro gay de lujo como Jean Genet, que supo mostrar al inframundo con la soltura de un capo.

Aunque relegado por los círculos literarios de la intimista jet set, Pedro Lemebel se forjó a sí mismo, como un puntual testigo de la propia circunstancia en publicaciones de medios gráficos de izquierda como Página abierta, Punto final y The Clinic. Participó en el Festival Stonewall de Nueva York (de orgullo LGBT), acudió a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, recibió la Beca Guggenheim, siendo galardonado igualmente con los premios literarios José Donoso y Anna Seghers, respectivamente.

Antes de morir de cáncer de laringe, en uno de sus últimos performances, Lemebel apareció totalmente desnudo en el frontis del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Santiago. La puesta en escena fue nombrada como “Desnudo bajando la escalera”, en ella, Lemebel, metido en un costal, se arrojó sobre fuego para rendir homenaje a la figura de Sebastián Acevedo Becerra, personaje insigne de la resistencia a la dictadura militar, quien se inmoló en público 30 años antes.

A la distancia, el rumor del paupérrimo siglo XXI, nos trae por necesidad el recuerdo de Pedro Lemebel, su palabra más odiada: tirano, su conducta más humana: la generosidad, la que más le irritó: el machismo, el sonido que más amó: el de la voz de su madre, el ruido que aborreció: el de las balas, el oficio que jamás aceptaría: militar o policía. Ante la última pregunta del periodista en aquella entrevista de hace 20 años, acerca de ¿qué frase le gustaría escuchar en caso de llegar al cielo?, con el rostro iluminado por la ironía, Lemebel ha contestado: “devuélvase al remitente”.