• 26 de Septiembre del 2021

Banalización cultural contemporánea

Life / johnhain/Pixabay

 

Asistimos a una banalización cultural en que predomina el mal gusto, la ordinariez y la falta de calidad de gran parte de las obras literarias y artísticas que nos invaden

  

Alberto Ibarrola

En nuestros días, la intelectualidad, en general, intenta hacer ver que la religiosidad está superada y trata a los religiosos con burlas, menosprecios y descalificaciones. Es necesario decir una vez más que esta actitud ha existido siempre y que ya la mencionaba San Pablo hace dos milenios en una de sus cartas: “la cruz es necedad para los sabios de este mundo”.

Sin embargo, no vemos que la cultura progresista, en su vertiente atea e irrespetuosa con los valores de la moral natural, esté solucionando ninguno de los problemas que acarrea la modernidad: violencia de género, agresiones de odio, acoso escolar y laboral, drogadicción y un largo etcétera de problemas que incluyen también los tradicionales: corrupción, nepotismo, arbitrariedades de todo tipo, prostitución… que no se han remediado ni tan siquiera paliado con esa nueva concepción de los valores impuestos, sino que muy al contrario se han incrementado y agravado.

Verbigracia, el todo vale en las relaciones sexuales solamente ha generado más violencia de género porque convierte a los cónyuges en más celosos. En este sentido, se debe recordar que hace ya décadas que se demostró en EEUU, con el movimiento hippy, que las relaciones en que se consienten las infidelidades no suelen durar mucho y que con extraordinaria frecuencia acaban mal.

En el arte y la cultura ocurre algo totalmente paralelo. Se pretende superar el arte tradicional, pero asistimos a una banalización cultural en que predomina el mal gusto, la ordinariez y la falta de calidad de gran parte de las obras literarias y artísticas que nos invaden.

El tal vez loable propósito de experimentación constante no ha conseguido igualar la excelsitud del arte sacro, que sigue siendo y con mucho la expresión cultural más rica que ha creado la humanidad. Culturalmente, asistimos a la contradicción irresoluble de que mientras se pretende aminorar las agresiones sexuales (que crecen exponencialmente) simultáneamente se fomenta la erotización de todas las manifestaciones artísticas, como si el erotismo nos fuese a liberar de algo intangible que nadie sabe muy bien qué es.

Se está en los medios de comunicación constantemente demandando más libertad sexual, cuando el amor libre rige desde 1978. ¿A quién se le prohíbe realizar ninguna práctica sexual? ¡Ojalá se inaugurase un movimiento de vanguardia cultural que pusiese de moda el arte sacro! Lo mismo podría decirse del intento premeditado de destruir el castellano con esa patochada del lenguaje inclusivo.

Confundir el género gramatical con el género biológico únicamente muestra la ignorancia gramatical de algunos políticos. Por ejemplo, que se utilice la palabra ´hombre` para designar al género humano responde simplemente a una paronimia, lo mismo que ´matrimonio`, que proviene de la raíz ´mater` (madre en latín), denomina hoy en día también el enlace entre varones.

Que se quiera imponer que todas las palabras terminadas en –a deben ser de género femenino y en –o de género masculino se salta a la torera el rico legado léxico castellano: periodista, policía, etc. ¿Se imaginan que los curas exigiesen que se les llamase a partir de ahora ´curos`? No parecería serio, ¿a qué no? Ni hay ninguna razón para que se haga.

Da la impresión de que parte de la izquierda incurre en el mismo error que le ha hecho fracasar en el pasado: reducir su propuesta cultural a combatir a la Iglesia católica. Sin embargo, los propios rituales católicos, la misa incluso, contienen mucha más belleza que la mayor parte de los actos culturales que se prodigan y que están consiguiendo que el salvajismo cunda entre amplios sectores sociales.

Se reclama el supuesto derecho a faltar el respeto a los sentimientos religiosos, a ofender a personas consideradas divinas y santas, pero en cambio no se permite que nadie opine en contra de la cultura y los valores impuestos por lo políticamente correcto.

Se nos está obligando a adoptar un nuevo ideario sobre muchas cuestiones, pero a la vez se ridiculiza todo lo espiritual cuando en realidad quienes solamente creen en la existencia de la materia podrían ser considerados como ciegos que no ven lo evidente. ¿Toda la creación será producto del azar? ¡Qué disparate!

Alberto Ibarrola Oyón (Bilbao, 1972) es escritor y licenciado en Filología española. Más de una decena de libros publicados. Escribe bajo el lema: la ética de la estética y la estética de la ética.