Gerardo Herrera
En la selva de la política mexicana, donde las alianzas cambian como el viento y los trajes se ajustan según convenga, aparece Néstor Camarillo, el nuevo protagonista de una tragicomedia electoral. No es solo un senador en potencia, sino el primer priista disfrazado de indígena que, gracias a las maravillas del plurinominalismo, llegará directo al Senado a aprobar todas las iniciativas que envíe la presidenta Claudia Sheinbaum a los senadores de Morena, PT, NA y el PVEM.
Camarillo, hábil en las artes de la negociación, ha encontrado en Jorge Estefan Chidiac, ese poderoso político priista que maneja los hilos desde su trono en la Secretaría de Educación Pública de un gobierno Morenista, un aliado inesperado. En un restaurante de la Noria, donde los platos están tan calientes como las intrigas, se ha tejido un acuerdo: perdón por ofensas pasadas a cambio de un asiento en el Senado. ¿Quién diría que el PRI aún guarda esos encantos de perdón y olvido?
El objetivo no es solo asegurar el paso de Camarillo al Senado, sino también evitar que la panista Ana Teresa Aranda, su antigua compañera de fórmula, se le adelante. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación parece ser la única piedra en el zapato, pero con Estefan Chidiac en el juego, ¿qué podría salir mal?
La traición acecha en cada esquina de esta trama. Camarillo, quien una vez criticó la alianza con el PAN como un error estratégico que costó votos al PRI, ahora se prepara para beneficiarse de ella. El PAN, con su 60% de votos, ha sido el caballo de Troya que permitirá a Camarillo cabalgar hacia el Senado, mientras él despotrica sobre los errores del pasado.
¿Desvergüenza? Más bien una lección sobre la conveniencia y la flexibilidad de principios en la política. La señora Aranda, inicialmente interesada en que las impugnaciones avanzaran, parece haber sido eliminada de la escena en la Noria, ya que el olvido es más dulce que la venganza. Y así, la operación cicatriz ha comenzado, dejando a Camarillo en el limbo moral y a los demás partidos políticos rascándose la cabeza sobre la lealtad y la integridad en tiempos de elecciones.
En fin, en este juego de tronos criollo, Néstor Camarillo se perfila como el Judas moderno, traicionando a unos y negociando con otros, mientras el PRI sigue demostrando que la supervivencia política puede ser tan astuta como un zorro mexicano.
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