• 03 de Diciembre del 2020

La posverdad y otras mentiras

Ilustración Multitud mujeres / Facebook/Moisés Sánchez

 

 

Las redes sociales se han convertido en el parásito comunicador, que sigiloso, conduce al sujeto a la desfiguración de la realidad

 

 

De vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes”.

Jules Renard

La sinceridad puede ser un hilo conductor de la comunicación, sin embargo, el ser humano está diseñado más para la misericordia: las mentiras piadosas nos engañan, pero nos regalan una pequeña ilusión.

Aunque la posverdad es un neologismo, encontramos antecedentes tan viejos como el mundo mismo. Post-truth, nació en el diccionario de Oxford en 2016, y adoptado por la Real Academia Española que lo define como la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

Las realidades distorsionadas son nuestro pan de cada día. Las redes sociales se han convertido en el parásito comunicador, que sigiloso, conduce al sujeto a la desfiguración de la realidad. Herramienta poderosa y avasalladora amenaza con el control informativo para beneficio del poder y la política.

El nazismo tuvo como herramienta un medio propagandístico sofisticado y eficaz. Los once principios de Goebbels crearon un universo para ellos que alimentó ilusiones más allá de sus fronteras. Hoy, la hipercomunicación y los medios digitales, hacen más simple el procedimiento.

Los gobiernos populistas y partidos han tenido un agasajo político creando verdades a modo. Juegan con la emoción y ordenan sus fichas para ganar votos, adeptos y uno que otro fanático. Crean hechos alternativos donde el sujeto se siente muy a gusto con esa verdad distorsionada, algo como endulzar los oídos o el canto de las sirenas mediático que nos conduce a un abismo de irrealidad.

La manipulación social es el objetivo fundamental. La posverdad nos puede hacer creer en un momento dado que un narcotraficante es muy bueno, y que una mujer, víctima de una violencia de género, merece colgarle un sambenito discriminatorio. Manipular la opinión pública puede generar opiniones monstruosas, perversas, que lleven a una catástrofe desapercibida.

La posverdad encuentra terreno fértil en la política, pero también en la cotidianidad popular. Los chismes en pequeños grupos sociales pueden destruir una reputación, crear visiones colectivas, o llevar al rincón de las pedradas a un inocente. La objetividad queda de un lado, y el juego de las pasiones, llega primero.

Las posverdades piadosas, podrían hacernos creer que vivimos en la abundancia, la igualdad, la tolerancia, y en un líder mesiánico omnisciente, incorrupto y salvador del pueblo. El autoengaño encuentra un punto profundo y vulnerable en la psique humana. Nuestras autoposverdades pueden ser también un paliativo temporal hasta que nos damos cuenta, a veces bastante tarde, del error miserable de la mentira.

En el ámbito del poder, la propaganda, cercena la conciencia. Con sus realidades distorsionadas rodea al pensamiento para estar cerca, en la intimidad de nuestras creencias, de aquello que apreciamos como valores. Ya Goebbels había cautivado a los alemanes y al mundo con sus once principios de propaganda política, que siguen vigentes, y en los que, de alguna manera, se apoyan los fabricantes de certezas fantasmagóricas.

A través de esos principios y con el aparato mediático que poseen los estados, pueden industrializar las verdades para comodidad y beneficio del poder. El principio del enemigo único es uno de los más eficaces. Así como los nazis colocaron al judío como el adversario alemán, hoy son los musulmanes (estigmatizados como terroristas), los mexicanos (parásitos fronterizos), o los conservadores (crótalos venenosos por sólo pensar diferente).

Otro y muy utilizado por los dirigentes populistas es el de Transposición: “todos son culpables menos yo”.  Los principios de Vulgarización y Orquestación conducen a simplificar las noticias, a un control de la subjetividad manipulando la batuta del poder a su antojo para producir una melodía monótona, cautivadora, que crea el eco estúpido en el internauta y luego tararea a coro en Twitter.

Los tiranos, los líderes mesiánicos, los populistas, los fascistas, una vez que han inventado un problema, nos regalan su verdad redentora, sublime, como un delantero que anota el gol de último minuto: salen del estadio en hombros, sin darnos cuenta que llevamos un monstruo grotesco y peligroso.

La posverdad puede ser la antesala del totalitarismo. Las redes sociales conducen a la manipulación y se forman tribus, sectas de culto a cierta verdad, seguidores de tal o cual creencia. Los grupos tribales digitales encuentran una cámara de resonancia en la propaganda política, reciben las caricias anheladas para reafirmar lo que quieren escuchar; la posverdad llega al punto más íntimo del subconsciente para ahogarlo y olvide que existe la objetividad.

El pintor plasma su realidad. Van Gog nos incita con sus colores, Monet con sus nenúfares, Velázquez nos regala un juego de espejos en sus Meninas, Picasso nos inquieta con el Guernica, y El Bosco nos altera el inconsciente con su Jardín de las delicias. El arte nos regala un engaño placentero. Bajo esa mirada la posverdad es un arte: nos seduce, nos inspira, nos regala una sublime, avasalladora y perfumada realidad. Y como el flautista de Hamelin, nos lleva de paseo, así sea para irnos al barranco.

El dilema existencial es en qué creer. Si a la posverdad le damos el beneficio de la duda, o la rechazamos. La sentencia filosófica de Sartre es contundente: el hombre está condenado a ser libre, y siempre tiene la última palabra. Antes de creer sin ninguna discrecionalidad vale la pena detenerse un momento, reflexionar, revisar la fuente informativa, contener el aliento, el impulso y darle a las “verdades”, el maleficio de la certeza.

Las mentiras pueden ser piadosas, pero las ilusiones, la realidad distorsionada, ser el canto de las sirenas, dulce, narcotizante, pero que nos devore las entrañas.