• 25 de Julio del 2021

Corregidora 47

Calle Corregidora CDMX / Facebook/Emerson GT

 

Antigua calle de la Acequia Real o de Agua, la calle Corregidora en el centro de la Ciudad de México, llenó un espacio de mi infantil mirada y de mi vehemente inocencia

 

 “Un inmenso destello de recuerdos ha turbado mi soledad: la mano cálida de mi padre, su sonrisa franca; una tarde, a veces húmeda, otras veces oscura anunciando la noche; una ilusión que pronto se convertiría en un abrazo y bromas de mi abuelo”.

 

“Era el universo infantil que esperaba ansioso el encuentro, bajo la pequeña entrada en esa calle misteriosa del centro de la Ciudad de México. Traspasar el umbral y recorrer esas escaleras sin sombras, donde la oscuridad se adueñó de ellas para siempre. Ahí, a unos cuantos pasos ya estaba la puerta que, una vez traspasada, el mundo era otro: mágico, lleno de aventuras con esos espacios que se colmaban de sonrisas, afecto y voces de diálogos que seguro estoy quedaron guardadas para siempre en esas paredes gruesas, antiguas, donde el eco mudo escondía otras tantas del pasado”.

 

Antigua calle de la Acequia Real o de Agua, la calle Corregidora en el centro de la Ciudad de México, llenó un espacio de mi infantil mirada y de mi vehemente inocencia.

Sitio de históricos sucesos, la añeja lacustre avenida permitió, en la antigua Tenochtitlán, la navegación de canoas para transportar las mercancías que serían el festín de sus pobladores. Las legumbres, frutas, flores, tomaban el cauce de la calle de las Canoas para conducirlas al mercado nombrado de los Voladores. Por ahí llegaron del sur de la ciudad, procedentes de las chinampas, los comerciantes que esperaban con ansia la recompensa a su trabajo. Y también debieron haber recorrido el lacustre camino los Pochtecas, ilustres señores del Anáhuac que traían las nuevas al emperador.

Durante la época virreinal, su cauce era atravesado por varios puentes que comunicaban a los pobladores y permitían el tránsito, a su vez, de alimentos y mercancías diversas. Hasta que el conde de Revillagigedo modificó sustancialmente la avenida colocando losas de piedra para cubrirla. Así, su aspecto fue cambiando hasta conocerla como lo que es ahora, una avenida rodeada de edificios históricos que guardan en sus paredes anécdotas ignotas. 

“Muchas veces caminé por esa calle, tal vez sin preocuparme de su nombre ni por los avatares que mis padres deberían de sortear para llegar a ella. El suceso final era lo importante: mi abuelo. Lo rodeaba un halo de bohemia, de plática eterna y una música que sólo él podía crear en su guitarra. Su eterno gato de melódico nombre, el “Querreque”, gato misterioso y escurridizo era el ornamento indispensable de aquella morada donde se respiraba siempre un ambiente de fiesta, de versos y canciones”. 

 

“Sabía, que al llegar con don Panchito, como lo llamaba mi madre, un aroma de platillos exquisitos nos anunciaba espléndidos sabores creados por su vasta experiencia en los menesteres de las soledades”.

 

Durante los años treinta del siglo XX la Acequia Real, perdió para siempre su estructura ancestral para conocerse como la calle de La Corregidora. Merecido homenaje a Josefa Ortiz de Domínguez, mujer de pasión por los ideales libertarios y de talante indomable, única mujer conspiradora para la causa independentista.

Calle de alegre vida comercial, de variopinto paisaje, en su trayecto incluye monumentos importantes que corre de oriente a poniente. Parte del Palacio Nacional y la Suprema Corte de Justicia, entre otros edificios virreinales, son parte del gran acervo histórico. Sin olvidar los edificios viejos, derruidos por el tiempo y que alguna vez formaron parte de ese kilómetro de avenida legendaria. Algunos han quedado de pie, para que las añoranzas revivan historias como la de Corregidora 47.

“El recuerdo añejo de ese pasado me acerca a aquel abuelo espléndido, bohemio y soñador. Lo veía extraviarse en las notas viajeras de unas cuerdas, en la madera que guardaba el eco suave, melancólico para arrojarlo al viento y endulzar los oídos. Ese era mi abuelo, solitario trovador, de quijotescas aventuras y de horizontes desconocidos. Ahí, en su refugio de Corregidora 47, atisbó el futuro de una acendrada pasión por la soledad; ahí, me llenó esa parte de mi infancia donde acudí a recibir lo que ahora son mis entrañables recuerdos. Sí, ir con el abuelito Pancho, era olvidarse del mundo, ver un partido de béisbol, percibir los aromas esquivos de su cocina, y soñar que ahí era un refugio imperecedero”.

 

La calle pluvial, La Acequia, alberga los fantasmas del México precolombino, sus mercaderes, sus naves de frutos y flores que proveían a la vieja Tenochtitlán, a la urbe de piedra y agua cubierta después por la barroca Conquista. Dentro de esa Nueva España, reflejo de la otra, lejana y europea, fueron las canteras y el tezontle de los nuevos edificios los que continuaron la historia y poblaron de nuevos espectros a veces con historias trágicas.

El Papa Gregorio XIII, autoriza la construcción del Convento de Jesús María en 1578. Tuvo a bien permitir el proyecto para la España que se expandía por el mundo. Dicho convento fue el refugio de pobres y alojamiento para las hijas de los conquistadores sin recursos. Dentro de sus muros legendarios vivió y murió enclaustrada Micaela de los Ángeles, que por ser hija natural del Rey Felipe II, tuvo que ser enviada de su tierra natal a los dominios americanos de su padre. Recluida, murió loca a la breve edad de los diecisiete años.

Algunas historias trágicas, otras célebres, muchas todavía no conocidas, recorren la avenida, pues han quedado sepultadas en el barro y en el tiempo. La Acequia Real continúa con los espejos de la eternidad evocando su lacustre vía, sus edificios y monumentos históricos. Los vestigios de los antiguos pobladores y que dieron vida y colorido a ese valle perdido, pero no olvidado, han quedado en esa materia extraña, inasible e imperecedera llamada tiempo que la memoria colectiva no olvida.   

Ahí siguen en la imaginación los personajes que le dieron vida, como la de don Francisco Quiñones León, insustituible caballero que recorría las calles del centro de la ciudad, que palmo a palmo conocía los rincones secretos, y su silueta con su frente amplia, bigote escaso, sus lentes redondos, se sumaba a las sombras de Corregidora 47.

“Mi memoria esconde aún momentos esquivos, pero no menos importantes. Aquella calle me cautiva, aquella entrada me ilusiona como la primera vez que visité a mi abuelo solitario, escuché su guitarra enamorada y acaricié el lomo de su gato esquivo. Fue ahí donde recité un verso y el abuelo Pancho sonrió por mi atrevimiento y mi inocente rima; fue ahí donde el brillo de su mirada atravesó los cristales de sus anteojos eternos y la depositó para siempre en ese rincón oculto, a veces oscuro que resucita en mis recuerdos”.