• 13 de Junio del 2021

Prohibido contar

Cortesía

Cuando tenía 15 años se escapaba al cine con su novio. Los envidiosos dirán que esto lo hacen todas las quinceañeras del mundo, pero ella y el tal Fernando no iban con la intención de agarrarse a los besos en lo oscurito, sino a recetarse el pollo rostizado que cada uno metía a la sala de contrabando. Yo a los 15 cantaba en el coro de la iglesia y era tan graciosa como un plato de avena, pero mi madre ha sido la adolescente perpetua que todas quisiéramos llevar dentro.

En su historia caben todas las mujeres que conozco, aunque tengo prohibido contar los pasajes más divertidos y escandalosos, como el de aquel viaje a Europa que me muero por escribir, su primera experiencia con juanita, o las vacaciones de sus cuarenta años en Ixtapa, cuando se metió a nadar desnuda en temporada de tiburones y emergió de las olas como una venus aterida con el traje de baño al revés. Y es que se lo había amarrado a la muñeca, pero el empleado del hotel fue tan enfático con el asunto del peligro, que en las prisas por salir del mar se puso la parte de atrás adelante.

Su mayor debilidad, después del cigarro, es la de criar hijos ajenos. Por nuestra casa pasaron más ahijados que en un anexo, amigos, sobrinos, nietos, vecinos y niñas sacadas del hospicio. Durante una década nos alimentó con el rescate de la herencia que nunca recibió, sino que fue sustrayendo a escondidas de la casa de mi abuela para que no cayera en manos de los anticuarios. Para el pago de las inscripciones escolares solía vender las vírgenes en cristal de roca o las vajillas con oro de hoja, y para llegar a fin de quincena siempre prefirió acudir al Monte de Piedad con el mismo lote de joyas que empeñó, refrendó, volvió a refrendar y sacó durante años. Su generosidad es tan grande como las culebras que le salen por la boca. Nadie conoce más palabrotas ni las inserta con tanta astucia en las oraciones.

Mi madre cree en los cuentos de hadas pero no en los finales felices y por eso se engancha en la telenovela de las seis ─luego de proferir el solemne juramento de que después de ésa no volverá a ver ninguna─, a mentársela a los mancornadores y a criticar a las protagonistas blandengues. En contraste, su conocimiento de la historia de México es digno de un historiador y muy bien pudo haber participado en la elaboración de los nuevos libros de texto. Entiende de arte y de piedras preciosas, reconoce la autenticidad del oro con los dientes, pinta, teje y borda rematando los hilos y estambres con la brasa de su cigarro, canta boleros, cocina manjares y decora interiores, aunque nunca aprendió a aplicar inyecciones ni a vestir niños Dios.

Antes de perder a mi hermana amaba salir de tiendas, esperaba con ilusión la navidad, le entraba a las tertulias y cambiaba los muebles y el estilo de la casa cada dos años. Como abuela es la perdición de sus nietos, como esposa fue un error más grande que el del 2000 y como amiga es el alma del café. En su vida social mantiene varios grupos que nombra con las letras del alfabeto: el Grupo A es el de las amigas de dos veces por semana, el Grupo B el de las colegas jubiladas y el Grupo C el de las cuatas de natación. No estudió tanatología, pero ha acompañado hasta el final a todas sus amigas y parientas mayores, visitándolas en su casa o en asilos para llevarles galletas y hacerles la vida agradable hasta que llega el momento de partir. Sufre esas muertes como un cáncer que deja cicatrices imborrables, y es que nunca aprendió a no estar.

A mi madre no se le contradice, no se le dice “ahorita” y no se le conmina, su necedad es del tamaño del estadio Cuauhtémoc multiplicado por tres. Ella no es una persona, es un lugar enorme que con el paso de los años se fue llenando de agua. Llora en las tardes y a veces también en las mañanas. Llora porque el sol sale con retraso y el baño le queda lejos, porque no puede tender su cama, porque los nietos le hablan feo y sus hijos no están; porque la más pequeña murió y porque los otros dos ya no viven en su casa. Llora porque sigue siendo una adolescente y el cuerpo no le da para demostrárselo al mundo, porque las horas le sobran y la fuerza le falta, porque ama el pan y le engorda, porque sí y porque no.

En mi madre caben todas las madres del mundo: mi Rebe, la mujer que ha sido mi confidente y segunda madre en la vida, mi tía María Luisa, mis abuelas, mis amigas y yo. Ella es el sentido, siempre contrario; la risa y el llanto, el miedo y la calma, la oscuridad y la luz, pero nunca el olvido.

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Twitter: @mldeles

 

De la Autora

He colaborado en el periódico Intolerancia con la columna "A cientos de kilómetros" y en la revista digital Insumisas con el Blog "Cómo te explico". Mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en “Basta 100 mujeres contra Violencia de género”, de la UAM Xochimilco y en “Mujeres al borde de un ataque de tinta”, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

He sido finalista del certamen nacional “Acapulco en su Tinta 2013”, ganadora del segundo lugar en el concurso “Mujeres en vida 2014” de la FFyL de la BUAP, obtuve mención narrativa en el “Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores”, con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el “Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017” de Fá Editorial.

He participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.