• 17 de Enero del 2021

Una parada en el Oxxo

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I

 

De un guamazo mandó el celular al suelo. Solo a una mente muy podrida se le podía ocurrir armar una clase en sábado, pero ponerla a las nueve de la mañana ya era el colmo de la mala leche. Anapau se arremolinó en los pliegues calientitos del edredón. Se habían quedado las ventanas abiertas y un culatazo de viento helado le pegó directamente en la espalda. Ínguesu. ‘Orita me reporto enferma, al fin que sí es cierto. Y volvió a jetearse de cara a la pared.

No habían pasado ni cinco minutos cuando la alarma sonó otra vez.

Aunque presumía un gañote de tubería hidráulica, de camino al baño supo que esa cruda no era normal. Podía empinarse hasta tres cuartos de la botella sin que le entrara el monstruo. Había tenido jaquecas, náuseas, cuerpo cortado, taquicardia y vómito, pero nunca váguidos. Si era experta en néctares y sustancias perniciosas, mucho más lo era en síntomas y reacciones secundarias. Algo andaba más mal que de costumbre. No vuelvo a chupar vodka en casa de Lucy. ‘Che vieja prángana. No importa con qué presupuesto contara el anfitrión en turno ni qué diluyente eligiera para armonizar, ella no le hacía gestos ni a ligar el Hidden Ranch con coca. Era la diosa Ingesta y por eso sabía con precisión que le habían dado a beber apócrifo.

Se estaba forjado en la heroica facultad de ingeniería, al lado de inestimables maestros albañiles cuya experiencia etílica iba más allá de lo social. Al principio se rehusó a entrarle a civil. Su papi, propietario de una constructora enorme, se lo había sugerido terminantemente, pero sin éxito. No escatimaba oportunidades para elogiar la profesión y valiéndole madres que su hija mostrara facultades para la retórica la encañonaba entre la coacción y la súplica. Anapau acabó cediendo ante su amenaza de entregar la dirección del grupo al primo más inepto de la camada. Ya no se arrepentía. Con el tiempo le fue agarrando cariño a sus compañeros de dolor.

Traía puesto el camisón. No recordaba haberse desvestido y mucho menos meterse a la cama, pero en el cuarto todo parecía defender el orden universal establecido. Lo único que se le vino a la mente fue el bailecito cachondo con Polo, su entrenador del hípico. Le había arrimado la pelvis súpersexy mientras le metía las manos en la pretina trasera de sus calzoncitos Calvin. Todas sus amigas los miraron con envidia de mala. Su novio sí era un hombre. Un hombre de veintinueve años que seguía viviendo en el departamento que le esponsoreaba el licenciado Arrubarrena, su papá. Se había titulado en leyes para dar secuela al giro familiar, pero el cuate prefería seguir de entrenador porque el horario era muy flexible.

Que Anapau tuviera diecinueve no era impedimento para que bebieran al parejo o se metieran la misma cantidad de gramos. Tarde o temprano ambos iban a heredar un titipuchal de varo y eso los convertía en almas gemelas.

Algo le decía que era mejor no darle pretextos al cuerpo, pero Anapau se pasó por la cocina a ver si encontraba algo ligero con qué hidratarse. No había un ánima en pie. Y ay de aquel valiente que encendiera la podadora, la lavadora, la licuadora, la secadora o cualquier artículo cuyo nombre rematara con el mismo morfema. Sus padres se daban libre la noche de los viernes, lo que significaba que cada quién podía salir a tomar el fresco por su lado, hacer lo que se les antojara más prudente y volver a la hora que les diera la gana. Los sábados crudeaban hasta entrada la tarde y los domingos se ponían bonitos para salir a comer en familia a donde los viera más gente. Ese era el secreto de su longevo matrimonio.

El desayuno estaba servido sobre un mantelito orlado con encaje de brujas. Parecía buffet vegasiano. Hot cakes tamaño miniatura, huevos con salchicha alemana, chilaquiles con pollo y crema, pan francés, fruta cortada en perlas y capsulitas varias para la máquina de café. Asco. Pinche Toña, no eres más cursi porque no te levantas antes.

─ Anoche te tuve que encuerar, chamaquita. ¿Qué te tomaste?

─ Nomás un Bailey’s.

─ Le voy a decir a tu mamá. ¿Cómo la ves?

─ Ándale. ¿Ahorita o cuando se le pase la cruda?

─ Entonces le digo a tu papá, a ver.

─ Vas. Y yo le digo que te metes a su coche a fajar con el chofer.

─ Estás bien loquita, escuincla. Vas a acabar mal.

─ Ay, ya, Toña. Bájale que me estoy muriendo.

─ ¿Quieres que te haga una piedra?

─ ¿Qué es eso?

─ Lo que se toma tu papá cuando amanece malito.

─ Guácala. Mejor ya me voy a la escuela.

Anapau descolgó las llaves del auto que le regalaron sus abuelos cuando llegó a la mayoría de edad, un Toyota Crown Athlete que despedía un hornazo a cantina de periférico. Tuvo que regresarse a guacarear en el baño de visitas y a suplicarle a Toña que le preparara la mentada roca. De seguro fue el shot de vodka tamarindo. Ese mejor lo hubiera obviado. Era la princesa de la cruda (el título de reina lo ostentaba su mami). Cuando buenamente alcanzaba la clase de los sábados debía ocupar una de las bancas de hasta atrás. Échale coca, le susurraban los nerds que siempre se sentaban en la primera fila. Se las daban de responsables, pero la verdad es que eran los apestados de la clase y no los convidaban a ninguna fiesta. Después de echar un sueñito en clase, camuflada en sus gafas Guess, Anapau se reunía con Polo en el restaurante de costumbre para curársela con un caldo tlalpeño y de ahí encerrarse a retozar el resto del día.

─ ¿Qué haces, princess? ¿Por qué no me contestas? ─refunfuñó con voz de ultratumba el entrenador.

─ Ay, bebé, es que se me acabó la pila. Me estoy muriendo de la cruda y tengo que ir a la escuela, ¿tú crees?

─ No vayas. Vente al depa y yo te cuido.

─ Ya tengo dos faltas este semestre.

─ ¿No que estás enferma?

 ─ Pos, eso sí. Me siento súper down.

─ Acá te espero. Yo te curo.

La Princess paró en un Oxxo a comprar un suero sabor michelada. Había visto que a su papi siempre le volvía el color con uno de esos y un plato de migas. Se acordó de las migas y quiso guacarear de nuevo. La palabra sólido sonaba como una mentada en aquellos momentos. Ahuevo me echaron algo en el vaso. ¿Y si me quedo ciega? El sentido común apenas le alcanzó para establecer la ruta menos complicada hacia el refrigerador. Los anaqueles de la tienda se le venían encima adoptando la perspectiva axonométrica primero y la cónica después. En el estante de las papas fritas los empaques le sonreían con sus bocazas amarillas, mientras atunes y enlatados cogían punto de fuga en la estación del café. Era como estar en una clase 3D.

Se sintió aliviada cuando al abrir la puerta le pegó el aire frío en la cara. A lo mejor me caigo muerta a media calle y a Polo le avisan hasta dentro de quince días. O nunca. A él no lo había escuchado tan mal, igual estaba fingiendo para hacerse el héroe y llegando al depa lo encontraba súper dañado. Mejor llevarle un suero. Iba a sacar las botellas, pero prefirió prenderse a la manija de la puerta. Todo a su alrededor agarró un color afroamericano de miedo. Respira, babosa. Aspiró, jalando profundo el aire como le habían enseñado en su clase de yoga, y levantó en escuadra el pie derecho sobre la rodilla contraria buscando equilibrio. Antes de exhalar cantó una guácara inconsistente entre la estantería de los enseres de limpieza y los pañales desechables Tikytín. Sí, me voy a morir y me lo merezco por atascada.

El dependiente que no cobraba la vio desplomarse al fondo de la tienda. Aventó el Gansito a medio morder y saltó enérgicamente por encima del mostrador. Llegó apenas a tiempo para agarrar a Anapau por los pelos, justo cuando se desvanecía sobre un charco fétido y viscoso.

 

II

Polo se cansó de esperar. Había llamado seis veces al celular de Anapau y siempre lo mandaba al buzón con un mensaje en español poblano. Esta nomás prendió el boiler y ni se va a meter a bañar. Mejor se echó otro coyotito. Le hacían falta como seis horas de sueño y agradeció profundamente las persianas blackout con que le habían equipado el depa. Se enredó en un tapalito peludo y se cuajó en tres, dos, uno, como si no tuviera pendiente la declaración del SAT. De galantear con Morfeo retornó por ahí de las cuatro de la tarde y vio que su nena no se había reportado. Entonces se empezó a alarmar de veras. ¿Se pasaría de tachas? ¿Le habrían surtido del ron quimera? Pero a la Princess nadie le podía marcar dirección. Ella solita se recetaba su dosis y sus mililitros. A saber lo que se habría metido.

Le inquietaba el estado de la chavita, aunque más le preocupaba que lo señalaran con el dedo. Era el dealer oficial de la Princess y de su séquito de ingeniebrios, quienes por cierto, de momento tampoco conocían el paradero de Anapau. Les había marcado a todos los de su lista de contactos mercantiles y los que no estaban durmiendo la mona se la estaban curando inocentemente en una clamatería. Nunca se volvían a juntar al día siguiente. ¿Y si marco a su casa? Igual no era prudente. Si algo tienen las mujeres poblanas es que no les importa que coleen el piso con ellas, que las dejen con lo puesto o que les vapuleen la honra, siempre que no se enteren sus papás. Polo era descarado y cretino, pero no imbécil. Mantenían el romance en secreto. Y no era el tema de la edad. Tenía otras novias en el hípico, hijas de familias conocidas de la de Anapau, con las que también se veía a escondidas.

Se consideraba mucha pieza para una sola exhibición. Su repertorio amoroso era del dominio público y nadie se explicaba cómo era que las princesas no lo tenían boletinado. La lista incluía madres jóvenes, esposas despechadas y escolapias vírgenes, sus predilectas. Como cualquier seductor laureado era cínico y cauteloso. Seguía un reglamento inamovible que básicamente se reducía a dos cánones: nunca llevarlas al mismo restaurante y siempre procurar que ellas le dieran cuello para ahorrarse la monserga del lloriqueo póstumo. Al día siguiente las bloqueaba en su celular y si te vi, ni me acuerdo.

Aunque la relación con Anapau estaba en sus primeros albores, su sexto sentido le indicó que era un buen momento para hacer mutis.

En lo que se le ocurría dónde más buscar, sintió un ligero retortijón. Ya hacía hambre. Bajó al Oxxo de la esquina por una pizza para microondas y un suerito de lima limón. El Rappi todavía iba a demorar unos 40 minutos con su Kare Raisu. De una vez se calentó la pizza en la tienda para írsela comiendo de regreso. No había nadie haciendo fila y, sin embargo, lo dejaron esperando a un metro de la caja. El cuate que sí cobraba estaba de metiche con el que no. Algo los entretenía en el celular y Polo se adelantó para ejercer presión. Desde esa distancia, por el rabillo del ojo alcanzó a reconocer en la pantalla unos pantalones Juicy de terciopelo malva, que no podían ser sino de la Princess. El que no cobraba reproducía una y otra vez la grabación con el momento justo en que Anapau se había ido “literal” de nalgas sobre su propio vómito. Eso no tardaba en aparecer en Tik Tok.

─ Híjole. ¿Qué le pasó a la chavita? ─preguntó Polo de lo más relax.

─ Sabe. Nomás se fue de hocico.

─ Y ¿luego?

─ Luego vino la ambulancia y se la llevó.

─ ¿Estaba viva?

─ No, pos eso sí quién sabe. Qué ¿la conoces?

─ No. Nomás pa’saber.

Necesitaba ayuda, pero, ¿de quién? Sus camaradas eran unos mequetrefes que para todo le seguían pidiendo permiso a papi. ¡Papi! Claro, él sabría qué hacer. De la cagotiza no se iba a librar, pero lo más urgente era salvar el pellejo.

En el Club Campestre de la Ciudad de México, el senador Leopoldo Arrubarrena terminaba el hoyo dieciséis punteando bajo y con un genio de los mil leviatanes. Semejante ánimo le habría servido para realizar sus oficios de representación ciudadana; fajarse por el presupuesto, por ejemplo, en lugar de nomás escupir su verborrea desde la curul, pero ir por detrás del secretario de Educación no solo le encabronaba, sino le hacía aflorar lo peor del baule.

El caddy le acercó el teléfono. Era un caso urgente de su hijo.

─ Hola, Pá.

─ ¿Cuánto necesitas esta vez?

─ No. No es de dinero, estoy metido en una bronca fea.

─ Qué raro, Polito. ¿Cuándo será el día en que me hables para otra cosa?

─ Es por una chava.

─ ¿Cuántos meses tiene? Llévala con el doctor Almanza de volada. Dile que luego yo me pongo a mano con él.

─ No es eso.

─ ¿La mataste, pendejo?

─ No sé.

No le dijo que se había metido a distribuidor. El muerto prefirió cargárselo al dueño de la casa donde había sido la fiesta. Por más esfuerzos que hiciera, el senador no dejaría de tratarlo como al más inepto de sus chalanes. Siempre había sido así. Odiaba las leyes, pero le había embarrado el título en la jeta para demostrarle que podía conseguir lo que se propusiera.

─ No eres más imbécil porque ni para eso tienes cabeza. ¿Te vieron con ella?

─ Creo que sí.

─ Lánzate para acá ahorita mismo ─gritó el senador─ Y tráite el pasaporte. Te vas a ir pa’l otro lado hoy en la noche.

─ ¿No me puedo quedar contigo?

─ Si, cómo no, idiota. ¿Dónde crees que te van a buscar primero?

Polo echó unas cuantas prendas en una maleta deportiva y abandonó la ciudad sin aspavientos. Le iba pisando a 190. El Jetta negro ónix había sido un regalo del senador por su puntaje en el último concurso de salto. También le había dado algunas satisfacciones a su padre, se acordó. Nadie le ganaba en salto de obstáculo desde hacía tres años. De plano no entendía esa fijación por tratarlo como un inútil a secas. Llegando a Lomas de Chapultepec se lo iba a recordar.

Pero no alcanzó a entrar en la casa. Los guaruras de su padre ya lo esperaban en la puerta para trasladarlo al aeropuerto, de donde dos horas más tarde salió rumbo a los United para matricularse en un MBA.

 

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Twitter: @mldeles

 

De la Autora

He colaborado en el periódico Intolerancia con la columna "A cientos de kilómetros" y en la revista digital Insumisas con el Blog "Cómo te explico". Mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en “Basta 100 mujeres contra Violencia de género”, de la UAM Xochimilco y en “Mujeres al borde de un ataque de tinta”, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

He sido finalista del certamen nacional “Acapulco en su Tinta 2013”, ganadora del segundo lugar en el concurso “Mujeres en vida 2014” de la FFyL de la BUAP, obtuve mención narrativa en el “Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores”, con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el “Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017” de Fá Editorial.

He participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.