• 30 de Enero del 2023

Audiencia

Todos los presentes abrieron un poco más los ojos. En los corazones estrujados, había el miedo a equivocarse

 

Márcia Batista Ramos

 

“¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

 Albert Einstein

Él siempre necesitaba un papel en blanco para hablar con honestidad, lo demás eran excesos mitómanos. Cuando le cedieron la palabra, miró circunspecto al auditorio, después, lentamente movió el mentón y en voz calmada y clara dijo: - “Todo lo que no pude escribir, lo lloré contándoselo a Dios… ¡No molesten! No tengo nada que decir. ¡Mátenme! Si creen hacer justicia.”

Todos los presentes abrieron un poco más los ojos. En los corazones estrujados, había el miedo a equivocarse. Los presentes sabían, que nunca aprendieron a ser justos.  También sabían, que nadie devolvería la vida si la tomasen por equivocación. El azar todo lo justifica, pero una equivocación sería el sumo del acabose y ellos lo sabían. Como toda sociedad que tiene historia, tiene un cúmulo de errores para avergonzarse.

Un hombre estaba sentado, absorto en la lectura de un libro. Ante, la incomodidad que se erigía en la sala, alguien señaló al hombre que leía y dijo: - “Lee en voz alta, todos queremos oír.”

El hombre levantó la cabeza y vio que todos los ojos estaban dirigidos hacia él. No hesitó, se paró y con una voz potente llenó la sala con su lectura: “(…) En las mil casitas alrededor se alojaban los recién llegados. Junto a las camas de los lugareños dormían en catres los enfermos, los encorvados, los paralíticos, los locos, los idiotas, los cardíacos, los diabéticos, los que portaban el cáncer en el cuerpo, los que vivían con los ojos afectados de tracoma, las mujeres de vientre estéril, las madres de hijos deformes, los hombres amenazados por la cárcel o por el servicio militar, los desertores que venían a pedir suerte en su huida, los desahuciados por los médicos, los desechados por la humanidad, los maltratados por la justicia terrenal, los preocupados, los anhelantes, los hambrientos y los saciados, los estafadores y los honestos, todos, todos, todos...”[i]

Alguien, con voz solemne se apoderó del escenario, mientras el hombre volvió a sentarse y siguió su lectura en silencio.  – “Señores, su atención, por favor. Quiero recordarles que el poeta loco, siempre fue suicida, por eso, ante el tribunal se abstiene de hablar y dice: ¡Mátenme! Todos lo escuchamos. Él prefiere que lo matemos, a matarse. Por eso no confiesa el crimen, posiblemente no lo cometió. Pero, espera utilizarnos para encontrar la muerte que tanto anhela. Sería la culminación esperada de su vida. Él sabe que cualquier rito siempre es mejor que el suicidio, pues nadie le diría cobarde, ni escupiría en su sepulcro.”

Las dudas recorrieron todos los espacios como saltimbanquis. Pareciera que todos escucharon una liturgia memorable en pleno rito que no es rito. Nadie bostezaba. Ni las tripas se regocijaban, el silencio era sepulcral. Tenían que condenar a un culpable y el poeta parecía exento de culpa. Quien vio el crimen, seguramente, dudaba de lo que vio, por eso no hablaba.

Alguien señaló al Tartamudo e inmediatamente fue reprochado: - “Sería demasiado desalmado inculparlo en un crimen a las palabras. Además, es tímido y siempre fue prudente. Lo justo para decir lo que quiere, debe poder comprobar cualquier situación.”

Las paredes amarillentas, combinaban con el foco que poco alumbraba el ambiente habitado por muchas voces de vivos y muertos. Los vivos, por momentos, hablaban y gritaban, mientras los muertos murmuran, en voz muy baja, entrecortada, aun embargada por su propia muerte. La reunión parecía tirar para largo, pues no había pruebas fehacientes para señalar al criminal. Había un crimen, no un criminal.

- “El Cojo es un hablador, siempre estuvo complicado en cotilleos de toda índole. No lo estoy acusando, pero, pienso que debemos tomarlo en cuenta, mínimamente.” -Habló un hombre viejo, de pelo blanco, enflaquecido por la enfermedad que le carcomía en silencio.

- “Si, el Cojo no es flor que se olfatee, pero estaba conmigo en la cantina del Tuerto cuando ocurrió el crimen.” – Dijo un hombre con traje claro, lentes gruesos y pesar en el alma.

- “Pienso, que, en todo caso, debería haber un cura presente para ministrar la extremaunción, exorcizar y bendecir al que sea encontrado culpable.” – Se escuchó decir una voz que venía del fondo de la sala (era de Octávio, un acondroplásico, vestido de azul cielo). Muchos aceptaron su moción y rápidamente, nombraron a dos sujetos para que vayan a buscar al cura en su casa.

Estaban alistándose para encontrar un culpable, mismo que las pruebas fueran escasas, el gusto estaría en ejecutar la condena. El silencio de la espera se hacía vehemente. Mientras los ánimos se calmaban el sueño se apoderaba del escritor, que imaginaba la escena. Su cuerpo fluctuaba como palabras de imágenes congeladas entre los personajes ávidos de justicia.

 

[i] Joseph Roth: “Historia de un hombre sencillo”. Alianza Editorial, Madrid, España.

 

 

***

Biografía:

 

Márcia Batista Ramos, brasileña. Licenciada en Filosofía-UFSM. Gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Editora en Conexión Norte Sur Magazzín, España; columnista en Inmediaciones, Bolivia, periodismo binacional Exilio, México, archivo.e-consulta.com, México, revista Madeinleon Magazine, España y revista Barbante, Brasil. Publicó diversos libros y antologías, asimismo, figura en varias antologías con ensayo, poesía y cuento. Es colaboradora en revistas internacionales en 22 países. Editor adjunto de la Edición Internacional de Literatura China (a cargo de la Federación de Círculos Literarios y Artísticos de Hubei, China).