El centro educativo en cuestión tiene una reja en la entrada, parecida a las que usan algunos lugares con mucha seguridad, para evitar que personas ajenas a la institución puedan entrar. Me paré, quizás uno o dos segundos, enfrente de la reja, viendo que además había un teclado de acceso donde imagino que las personas tenían que poner alguna clave para ingresar.
Justo en ese momento, antes de que me decidiera avanzar, una persona —que supongo era una alumna del plantel debido al uniforme que portaba—, desde atrás, me dijo: “Con permiso”, pero con un tono, yo diría, poco paciente y rayando la altanería. La persona en cuestión me dio la vuelta e ingresó al plantel, registrando un código en la cerradura electrónica. Después de ese fugaz incidente, finalmente avancé a la reja y me encontré con una portera que vigilaba la entrada. Me vio y me preguntó: “¿Qué se le ofrece?”. Yo le dije: “Deseo hablar con alguien del área académica o de Recursos Humanos. Vengo a presentar mi currículum vitae.” La persona en cuestión, diciéndolo como si ya lo hubiera dicho cientos de veces, mecánicamente, me dijo que le dejara a ella mi CV y que ella se encargaría de hacérselo llegar a Recursos Humanos.
Yo, desconcertado, le pregunté si esa era la manera de proceder de una institución educativa seria y profesional. Ella me dijo que sí. Sin pensarlo mucho, quizá dejándome llevar por mi primera reacción o actuando también de manera mecánica, le dije: “Discúlpeme, pero no, gracias.” Me di la vuelta y me retiré.
Camino a casa, reflexioné sobre lo que había pasado.
Me acordé de una escena de la película El diablo viste a la moda, cuando Emily le explicó a Andy que la primera asistente es quien debería llevar el libro (el “previo” de la revista) a la casa de Miranda, pero como su jefa todavía no le tenía confianza, lo haría ella misma… hasta que Miranda pensara que ella no era una lunática. Pensando en esto, me pregunté si para ese centro educativo cualquier persona que se acercara para dejar un CV sería una lunática, un desconocido tan anónimo e insignificante que, al menos en ese primer acercamiento, ni siquiera mereciera la pena ingresarlo e invertir tiempo para conocerlo en persona.
Me pregunté después por qué yo mismo no le dejé a la portera mi CV. ¿Pensaba acaso que lo perdería, que no se lo daría a Recursos Humanos, que donde lo tuviera por mientras podía perderlo, o simplemente, que la portera, por mera malicia, tiraría mi CV a la basura una vez que me fuera? ¿Qué significado podría atribuirle a lo anterior? Quizá que tanto una parte como la otra nos percibimos como lunáticos simplemente porque no sabemos cómo somos realmente.
Dirán ustedes: “Se lo hubieras dejado. ¡Total! Quizá sea su política para cuando un candidato llega sin cita a dejar papeles”. Pero… No se trataba de papeles cualquiera. ¿Están de acuerdo? ¡Se trataba de mi CV! Y aunque, impreso, solo sea un par de papeles reflejan mi trayectoria, abordada de acuerdo a un modelo estratégico, por lo que: si yo no me lo tomaba en serio, ¿cabría esperar que ellos sí lo hicieran? También dirán: “Sí, pero… ¿Quién necesita más a quién? ¿Tú que te presentaste con la expectativa de impartir clases ahí algún día o ellos que están ahí y funcionan como han funcionado hasta ahora?”. Cierto: ellos no me necesitan, véase como se vea, y pienso nuevamente en lo que le pasó a Andy en El Diablo viste a la moda cuando al fin dejó de ser una lunática para Miranda y acudió a su casa para dejar el libro: sí, metió la pata, sobre todo, porque las instrucciones de Emily no fueron del todo precisas y también porque las gemelas eran un par de cabroncitas, pero, aunque el resultado de su entrega hubiera sido diametralmente opuesto, ¡Imagínense lo que hubiera ocurrido si no se hubiera presentado! Miranda no hubiera tenido la oportunidad de conocer a quien, apuntando a convertirse en su clon, tuvo la resolución de desligarse por una pizca de sensatez, y Andy no hubiera conocido cómo en la cúspide de su voluntad de logro, cabría también un segundo para hacer un alto y alcanzar la claridad. Me parece que tanto en la ficción como en la vida un poco de cortesía nunca estará de más. Creo que el centro educativo podría implementar un procedimiento menos ningunero, una política más abierta para quienes podrían convertirse en una de sus más grandes fortalezas y/o unas palabras que no requirieran de un código de acceso. Yo, por mi parte, quizá deba ser más flexible, recordar la próxima vez la máxima del maestro: “Al lugar que fueres, haz lo que vieres” e imprimir para casos así mi CV en blanco y negro… por si acaso, ya que, si tomo el incidente con la presunta alumna y su altanero “con permiso” como un reflejo de cómo es la institución, más me valdría agradecer que las cosas ocurrieran como ocurrieron.
Quizá todos tengamos un poco de lunáticos, y solo en la medida en que permitamos un acercamiento (real, humano y no detrás de unas rejas), podamos conocernos mejor y saber cómo somos realmente.
Posdata: Obviamente, un día después envié mi CV al centro educativo por correo electrónico, prefiriendo convertir mi agria experiencia en esta publicación.
















