El Istmo de Tehuantepec tiene cierta particularidad. Conecta el Atlántico y el Pacífico, y su potencial para proyectos de infraestructura lo ha convertido en un imán para iniciativas ambiciosas. Helax, una empresa respaldada por capital extranjero apuesta por instalar una planta que use energía eólica y solar para producir hidrógeno verde, un combustible que podría alimentar desde camiones hasta fábricas sin emitir carbono. Para una región históricamente marginada, esto suena a oportunidad: modernización, desarrollo económico y un guiño al mundo como líder en energías limpias. Imagina a México exportando hidrógeno verde a países industrializados hambrientos de soluciones climáticas. ¿No es ese el tipo de futuro que queremos?
Pero detengámonos un segundo. El Istmo no es un lienzo en blanco. Durante años, proyectos eólicos han sembrado conflictos en la zona: comunidades indígenas desplazadas, tierras comunales acaparadas y promesas de prosperidad que nunca llegaron a quienes más las necesitaban. Helax podría caer en la misma trampa. Si no se escucha a las comunidades locales —si no se respeta su derecho a decidir sobre su territorio—, este proyecto podría ser otro capítulo de despojo disfrazado de progreso. ¿De qué sirve una energía "verde" si se construye sobre la espalda de quienes menos poder tienen?
Y luego está el tema de quién se lleva la tajada más grande. En un país donde el sector energético ha oscilado entre el control estatal y la apertura a privados, hay un riesgo real de que el hidrógeno verde beneficie más a multinacionales que a los habitantes del Istmo. Pensemos en Argentina, donde incentivos para grandes inversiones han abierto las puertas a corporaciones mientras las comunidades quedan al margen. O en Chile, donde el hidrógeno verde se vende como una revolución, pero a menudo termina sirviendo a intereses del Norte Global más que a los locales. México podría seguir ese camino si no pone atención.
El medio ambiente también está en juego. Producir hidrógeno verde a gran escala requiere agua y terreno —mucho de ambos—. En una región como el Istmo, donde los ecosistemas ya están bajo presión, un mal manejo podría ser devastador. ¿Es realmente sostenible si sacrificamos bosques y ríos en el proceso
Aquí está la gran pregunta: ¿es esto una transición hacia algo mejor o solo una repetición de lo mismo con un barniz ecológico? El hidrógeno verde tiene el potencial de cambiar las reglas del juego, pero no basta con cambiar la fuente de energía. Si las estructuras de poder —las que deciden quién gana y quién pierde— se mantienen intactas, no estamos avanzando; estamos reciclando desigualdades. En el Istmo, esto significa que Helax no puede ser solo un proyecto de ingeniería. Tiene que ser un proyecto social, uno que mire de frente a la historia de explotación y diga: "Esta vez será diferente".
Hay formas de hacer esto bien. Imaginemos un Helax donde las comunidades del Istmo no solo sean consultadas, sino que sean socias: cooperativas locales incorporadas a la cadena de valor, ganancias reinvertidas en escuelas y clínicas, empleos que no solo sean para ingenieros extranjeros, sino para los habitantes de la zona tras una capacitación real. Reglas ambientales estrictas podrían proteger el agua y la tierra, asegurando que el "verde" no sea solo un eslogan.
Helax en el Istmo de Tehuantepec es un desafío. Puede ser la puerta a un México más sostenible, un país que aprovecha su sol y viento para construir un futuro equitativo. O puede ser otro espejismo, una promesa brillante que deja tras de sí comunidades despojadas y ecosistemas dañados.