• 01 de Diciembre del 2020

El último lector

Jorge Luis Borges / Facebook/ohlalarevista

 

Quien lee recrea lo vivido por el autor, y también, en un sentido proustiano, busca su propio tiempo perdido

  

Hay en El último lector, ensayo del escritor argentino Ricardo Piglia, una invocación a la lectura como acontecimiento. En las primeras páginas, Piglia evoca una fotografía (1973) de Jorge Luis Borges, el Everest de la literatura en palabras de su compatriota César Aira, en la que, de rodillas, en una de las galerías altas de la Biblioteca Nacional de la calle México, hurga desde su ceguera, la página abierta de un libro que puede ser todos los libros a la vez. En esa imagen, según Piglia, se condensa una de las muestras del último lector, el biblionauta, «un lector de páginas que los ojos ya no ven», pero que se adentra, entre el no ver y el descifrar, hasta «quemar sus ojos en la luz de la lámpara», para ser testimonio, en tanto secreto, de lo que se lee.

En el lector se enraíza la existencia y el porvenir de la literatura. Sus figuraciones permiten pensar una historia de la lectura, en particular, y una historia de la cultura, en general. En esa proyección, tienen lugar el autor y el lector como problemas de la creación artística. Véase, por ejemplo, la propuesta escritural de Macedonio Fernández en Museo de la novela de la Eterna que, al ser un «gran diccionario de lectores», nos presenta un lector salteado, lejano del lector de vidriera, que, al ser protagonista por encima del mismo texto literario, en simultánea con el autor entreteje el universo de su propia historia.

Para entender estas dinámicas que se proponen como metaliterarias, es decir, como juegos de espejos, hay que remitirse a obras que tienen la pretensión de conocer a su lector: El Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes (1605), Tristram Shandy, de Laurence Sterne (1759), Jacques el fatalista y su amo, de Denis Diderot (1796), Niebla, de Miguel de Unamuno (1914), La señora Dalloway, de Virginia Woolf (1925), Finnegans Wake, de James Joyce (1939), entre otras. En estas obras, el lector no se agota en la lectura, sino que su figura es clave en el desarrollo de las historias que se narran.

No puedo olvidar una cuestión básica: Quien lee recrea lo vivido por el autor, y también, en un sentido proustiano, busca su propio tiempo perdido, aunque no creo que ese tiempo tenga que ver con la ausencia de la experiencia, no, todos los lectores buscamos, desde lo que la realidad nos arrebata, definir nuestra identidad en los libros que habitan las bibliotecas en las que, en palabras de Alberto Manguel, tenemos «una suerte de autobiografía». Ahí la literatura, entre la lectura del mundo y el mundo mismo, nos permite descifrar la verdad de lo inefable y nos reafirma en una memoria común.

Pero, ¿a dónde me dirijo con este devaneo? Busco ser consciente de que la lectura es una actividad subversiva (de nuevo recurro a Piglia), y reflexiono sobre la figura de El Che Guevara que, al ser metáfora del último lector, un hombre en acción, literario en estado puro, concibe la lectura como adicción. «Mis dos debilidades fundamentales: el tabaco y la lectura».

Una imagen de cierre: En su morral, El Che cargaba el peso de sus libros. De esa imagen deducimos que, de entre ese ir a la aventura que llevamos a cuestas en la espalda y ese posible volver para escribirla, estamos nosotros, en medio de la política y la guerra, para revolucionar nuestra vida.