• 03 de Diciembre del 2020

Confianza y libros, mundos en crisis

Librería de viejo, Colombia / YouTube/En Órbita

 

Las situaciones adversas ponen a prueba la honestidad y la administración del bolsillo. El fiar, comprar un libro, resultan hoy casi imposibles

 

“La confianza otorgada es un privilegio que algunos llevamos con honor”.

Luis Martín Quiñones

La confianza resulta, en algunos casos, difícil de comprender. Debería ser un orgullo para quien la recibe, pero a veces resulta una carga moral muy pesada. Más en estos tiempos donde, si de dinero se trata, más vale la sospecha que la esperanza del pago.

Como la venta de libros, ambas están en crisis. Las situaciones adversas ponen a prueba la honestidad y la administración del bolsillo. El fiar, comprar un libro, resultan hoy casi imposibles.

Hace unos días buscaba afanosamente unos adornos septembrinos, a petición de mi hija, para que la casa tuviese un aroma a patria. Había confiado en mí y debía cumplir el encargo.  Pasé por el tianguis de los martes (y también de los sábados), pensando que era el lugar ideal para comprarlos.

El asombro vino después de un cansancio de recorrer todo el mercado: no había banderas ni el verde, blanco y rojo de algún adorno. Ya de salida y angustiado por el desencanto, un puesto de libros entre nuevos y viejos, me detuvo y me olvidé del mes patrio. Encontré un libro sobre El Nigromante, Ignacio Ramírez, sus memorias prohibidas.

Y, además, dos imperdibles: Uno de Carlos Fuentes y Obras reunidas, de Albert Camus. La crisis y el presupuesto para los adornos no me permitieron llevármelos. Pero el señor vendedor me dijo lo inesperado: se los guardo. La tentación era mefistofélica: acepté. “Se los guardo para el sábado, eso sí, si no viene ese día, los pongo a la venta”.

A hurtadillas introduje a la biblioteca a Ignacio Ramírez. Pero un sentimiento de culpa por la compra del libro (culpa que siempre dura unos cuantos segundos), fue disipado al recordar que por la casa siempre ponen un puesto de artículos mexicanos. Fuimos, compramos, y la culpabilidad pasó al olvido.

El sábado me esperaban dos libros. No podía defraudar la otra confianza. Pasé y no los vi en el mostrador tianguero. “Cómo le va, ya ha de haber vendido los libros ¿verdad?”. Amablemente me dijo que aguardaban en una caja de “apartados”. Pero me sentí desdichado, había encontrado otros dos, pero ya no alcanzaba el presupuesto. “No se preocupe, lléveselos los otros dos y luego me los paga”. Los tomé con un gesto de feliz incredulidad. ¿Quién fía en estos tiempos?

La industria librera, la economía y la confianza están en crisis. Aun así, sobreviven. Vender libros en un local establecido, o en un puesto callejero (aun con precios de segunda mano), resulta muy complicado cuando el sentido común nos dice que primero debemos sobrevivir.

La pulsión de compra ligado a un fuerte sentimiento de bibliomanía, me llevó a tener un conflicto de economía, confianza y de responsabilidad, y agregaría, de solidaridad. 

Los conflictos siempre llegan en el momento menos oportuno: el quince de septiembre tenía que cumplir con el encargo, no debía gastar más de lo debido, pero podría ayudar a la economía del vendedor. ¿Qué pasaría con la confianza? La persona confió en que iría el sábado, pero debía comprar los adornos mexicanos. Vino a mi mente lo que escribí en un cuento: “La confianza otorgada es un privilegio que algunos llevamos con honor”.

Privilegio, honor, otorgar. No hay más honorabilidad que responder a la confianza. Aunque muchas veces ser depositario de la certidumbre implica un lastre pesado y estorboso que algunos terminan por mandarla al carajo.

Después de una noche mexicana inolvidable, Ignacio Ramírez aguardaba en su escondite.

Espero que algún día los libros llevados en la clandestinidad, (que son tan evidentes en los muy ya reducidos espacios), sean dignos de ser leídos. Confiemos en ello.