• 03 de Diciembre del 2020

Mes patrio, sus rituales y sus mitos

Zócalo capitalino / Facebook/BGutierrezMuller

Arranca el mes con el ritual del Informe Presidencial, que ha perdido vigencia y se ha convertido en depositario de mensajes demagógicos partidistas

 

“Los mitos son metáforas de la potencialidad espiritual del ser humano, y los mismos poderes que animan nuestra vida animan la vida del mundo”

Joseph Campbell

 

Si un mes tiene mexicanidad, fechas emblemáticas, celebratorias, conmemorativas, es septiembre. También nos recuerda que la puntualidad de la naturaleza llega los días diecinueve.

Los rituales unen a los pueblos, y de la mano con los mitos dan esa particularidad que identifica a la nacionalidad. Si pensamos en septiembre imaginamos de inmediato al viejo Hidalgo con su cabecita blanca, su antorcha y su toga negra. Y ya sabemos que no era tan viejo, que de cura algo tenía y que su antorcha sólo fue una chispa para comenzar lo que el olvidado Iturbide culminaría. Sin embargo, y a pesar de que la historia es contundente, desmitifica, la imagen de Hidalgo es la que asociamos al día de la Independencia. Además, vienen a nuestra mente el grito del 15 de septiembre desde Palacio Nacional, los juegos pirotécnicos, los vivas México y por supuesto, la comida. El pozole, los chiles en nogada, tamales, y una amplia variedad de suculentos platillos que acompañan a nuestro mito y ritual nacional.

Arranca el mes con el primer día con el ritual del Informe Presidencial. Que ha perdido vigencia y más que esperar un verdadero documento de la realidad nacional, se ha convertido en depositario de mensajes demagógicos partidistas. No es nuevo, desde los emotivos y lacrimosos informes como el de López Portillo, escuchar era recibir esperanzas derrotadas. Eran más ceremoniosos y mantenían a la población atenta y, que por un instante, nos daban una miserable ilusión. Hoy casi nadie escucha ni cree en el informe, hoy sólo es el cetro del tlatoani moderno desde donde nos habla para salir del paso.

El trece de septiembre, también los cada vez más desmitificados y olvidados Niños Héroes, siguen teniendo su onomástico simbólico. Aún no dejamos de sentir una pequeña emoción y nostalgia escolar cuando escuchábamos sus nombres:

-Agustín Melgar:

 Coro: ¡Presente!

-Juan Escutia:

Coro: ¡Presente!

Y así repasamos los seis cadetes que sí murieron, pero en plena adolescencia y no en la niñez como los conocemos. No obstante, su heroísmo sigue presente en las narraciones históricas que son de una remembranza elocuente, y, aunque perdimos la guerra con los Estados Unidos, es mejor recordar su arrojo y valentía.

Llega un día aciago que el ritual se había convertido en simulacro. Cada 19 de septiembre antes del 2017, conmemorábamos a las víctimas de aquel año fatídico del ochenta y cinco. Los relatos eran escuchados por los que no habían vivido la magnitud de aquella tragedia. La naturaleza nos tenía preparado lo inimaginable e irrepetible: un palimpsesto telúrico que escribiría sobre el pergamino de la memoria un nuevo diecinueve de septiembre. En ese manuscrito labrado en la piedra de los lapidarios nacionales, renovamos el recuerdo a las antiguas víctimas y agregamos un osario para las del 2017. Ahora llevamos en la memorabilia urbana nuestro nuevo mito: nada es imposible, la alerta sísmica que suena no es del simulacro: está temblando.

Así llegamos al 27 de septiembre, día de la consumación de la Independencia. Fecha desdeñada y arrinconada por la historia y las celebraciones, no ha llegado a tener un ritual patriotero y se mantiene en lo oscurito en el imaginario popular. Agustín de Iturbide sigue siendo el patito feo de los héroes libertarios, no obstante, él haya consumado los ideales independentistas de 1810. Sigue, ahí, en la capilla de la Catedral Metropolitana como un mito intocable: no es un héroe.

Cada año surge la pregunta condenatoria si se merece celebrar el día más importante para la mayoría de los mexicanos. Nuestro mayor mito es que nos liberamos del pasado español, surgió la nueva mexicanidad y que desde entonces las cadenas opresoras se rompieron para siempre. Nuestro mes patrio nos evoca un pasado idealizado reafirmado por rituales que cohesionan nuestra identidad nacional.  Y nos permiten acercarnos a nosotros mismos en un pasado común. Poco importa si ese pasado es cierto o no, los ¡Viva México!, ¡Viva Hidalgo!, ¡Vivan los héroes que nos dieron patria!, se seguirán escuchando.

Rituales y mitos, brindemos por ellos.