• 26 de Septiembre del 2021

Despedidas

Evening / oorega/Pixabay

 

Bajo el manto de murmullos que giraban a su alrededor, de voces ajenas, de historias lejanas, sólo quedaron sus cantos de promesas

 

 

Luis Martín Quiñones

No quisiera hablar de la melancolía de las despedidas, ni de ese llanto ante lo inevitable, ni de los adioses obligados. Sería mejor hacer sólo un esbozo de las nostalgias que se avecinan por los abandonos y del momento en que dos miradas sincronizan los susurros del alma.

Después de un descanso de los sinsabores del día, cuando los efluvios del cielo han descargado su ira y han dejado los olores de humedad por los rincones del corazón, se abre la esclusa de las interrogantes, del porqué del horror humano a la soledad.

Bajo la lluvia inmensa de piélagos cada vez más profundos, recuerdo a esa pareja de enamorados que se decían “te quiero” y “te extrañaré”, y susurraban lamentos ante el abismo de la distancia inevitable.

Bajo el manto de murmullos que giraban a su alrededor, de voces ajenas, de historias lejanas, sólo quedaron sus cantos de promesas. Después, el estruendo de un avión despegaba sus alas de acero, y una estela de adioses se perdía en las nubes densas de humedades grises.

En mi turbación por el agua que anega también mis pensamientos, viene a mi memoria la imagen de una madre que, tal vez, despide a su hija por un viaje impostergable. Escucho los ecos abundantes de suspiros y de buenos deseos. Imposible no ver la angustia, la incertidumbre en los gestos maternos por la duda del camino que ve incierto.

Mientras, un hombre con temores propios de un padre observa la escena distante, escribe, tal vez, versos en la tierra fértil de sus pensamientos. Imagina que entre aromas de libros viejos y de humos frescos de un café, busca el epíteto austero, la palabra justa que acierte a describir la ausencia y la tristeza. En vano persigue los acentos y el ritmo de sus versos; en vano sueña con los días de soledades, con las noches próximas de inquietudes y nostalgias. 

Alrededor los transeúntes esbozados son testigos mudos. Pasan, miran, siguen sus pasos quizás a sus propias despedidas, tal vez a sus reencuentros, tal vez a sus temores y sus dudas.

La lluvia acosa a la tierra y a  las calles que protestan por los abundantes efluvios, de los estruendos y destellos; y con la oscuridad que se avecina, el esbozo de las nostalgias se extravía, y en la posibilidad de abandonar las reflexiones, pienso en  las lluvias que en su inmensidad inagotable, han inundado las ciudades; olvido que es otoño, que las hojas son ausencias; a la distancia veo a los enamorados, a los aviones; y abrazo la idea que las despedidas son sólo pausas inexcusables, que la clepsidra tiene los fragmentos de la existencia en sus manos, y sólo queda  la espera del paso de gotas como diminutas partículas del tiempo.