• 22 de Septiembre del 2021

Philip-Lorca diCorcia, la memoria sedentaria

Fotografía de Philip-Lorca diCorcia / Facebook/AD France

 

La maestría de tan relevante autor consiste en escenificar lo cotidiano, logrando sublimar aquello que sin la cámara, y un artista detrás, se antojaría irrelevante

 

La sensación del último momento es captada por la cámara del artista visual Philip-Lorca diCorcia, quien a la manera de un cronista, tras bambalinas, retrata seres a los que arrebata del anonimato abruptamente.

La maestría de tan relevante autor consiste en escenificar lo cotidiano, logrando sublimar aquello que sin la cámara, y un artista detrás, se antojaría irrelevante. La lente exploradora de Philip-Lorca, se introduce en el Metro de la gran ciudad, las calles infestadas de transeúntes, los rostros de los trabajadores, restaurantes y bares donde el ojo del fotógrafo se detiene, vulnerando el olvido mediante imágenes; para la posteridad.

La conservación de la cotidianeidad a través de un flash, ha convertido al fotógrafo en un verdadero taxidermista de las imágenes, dispuesto a depurarlas hasta lograr piezas maestras. Con la ayuda de atinadas técnicas de iluminación, el artista brinda momentos visuales únicos, cargados de sensibilidad que atraviesan el rostro de quienes ha retratado a lo largo de su obra, buscando repetir la historia una y otra vez, tantas veces se dilate la pupila de quien se atreva.

En su obra, conviven el costumbrismo, los oficios tabú (Hustlers), y las escenas de calle (streetworks), rozando lo inesperado, con un toque de humor negro y crítica social infaltable. La poética del fotógrafo consiste en exaltar las emociones contenidas en un rostro, pero también, logra volver cómplice al espectador que de la mano del audaz artista, se cuela a través de las ventanas para presenciar una infidelidad, un striptease, o incluso, un acto de bondad.

Los protagonistas, a menudo suelen ser personas solitarias que aguardan para romper el silencio, mientras que su contacto con el exterior son las grandes ventanas por donde se aprecia la ciudad de noche, una cama revuelta, o tres personas caminando por un suburbio, sin saber que ya tienen algo en común: la cámara del artista introduciéndose a sus vidas. 

El glamur de Lorca es citadino, crece a la par de la indiferencia de la gran urbe, la marginación de los seres que la habitan, y que esperan el flash de la cámara resonando, cuando este se confunde con el sonido de los cláxones, o los motores urbanos. La real protagonista es la propia ciudad, que revela su fauna sólo para Lorca, quien es a la sazón, el modista de lo cotidiano, con pasarelas como calles abiertas a la cámara que aterriza; para narrar nuevamente una historia sin palabras.

La simetría, el equilibrio, y una narrativa visual apabullante, son las constantes del trabajo fotográfico, de Philip- Lorca diCorcia. La contraluz, los matices dorados, que enaltecen los rostros anónimos de la asfixiante ciudad, cobran inmortalidad, cuando son exaltados por el artista de la lente.

La capacidad de síntesis, aunado a la economía visual, son dos de las grandes cualidades del fotógrafo, extraordinario escenógrafo también, que ha conseguido a lo largo de su trayectoria alcanzar la complicidad del momento, aunado al arrebato poético de un talento sin par.

Los barrios, con sus aparadores y marquesinas eternas. Las avenidas transitadas por personas, que tal vez, se dirigen al aliento final de su existencia. Seres que tocados por el arte, se convierten en una suerte de naturaleza viva, a través de la magia de la luz. Maniquíes animados por el encanto del último instante en que fueron vistos, por la cámara que los sublima a la manera de la terca memoria humana, sedentaria, que se niega a dejar ir; la sensación del recuerdo final.