• 05 de Julio del 2022

Luis Buñuel, el privilegio de lo sobrenatural

Alejado de todo afán clasista o comercial, el cine de Luis Buñuel (1900-1983) ha sobrevivido al lado de la obsesión por las imágenes y las reacciones que estas consiguen provocar en el espectador, se trata de un cine intimista donde gobiernan las fijaciones, un cine donde la repetición y lo inesperado enaltecen el devenir visual, basado únicamente en la libertad creativa.

 

La religiosidad de Buñuel, radica en los símbolos que exaltó, puede ser un hombre mirando a través de un cerrojo, una mujer poniéndose las medias, o una última cena, donde los apóstoles han sido sustituidos irreverentemente por vagabundos, y la estética será siempre la gestualidad, la trama convencional pierde fuerza ante el impulso irredento, allí donde los rituales invaden la cotidianeidad proclamando el triunfo de las fuerzas del inconsciente. Hijo de la vanguardia, Buñuel prescindió de la responsabilidad moral de tener que explicar su cine, y en el punto climático de su trayectoria (justo en el inicio o conclusión de su obra cinematográfica), su obra se convirtió en una sucesión de secuencias que palpitan como la sangre misma, al lado de una estética vigorosa, implacable. La poética de Buñuel, va de la mano de escenas totalmente inusitadas, puede ser una mano cercenada arrastrándose por una callejuela, o el morbo que esta escena produce en los transeúntes, y que Buñuel enaltece en un cuadro dando cuenta de su habilidad por retratar las obsesiones; aquellas que antes del realizador, solo cabían en los sueños.

Allá donde nadie quiere ver, avanza la mirada beligerante de Buñuel atravesando las paredes, los dormitorios o las ventanas donde la gente se mira a sí misma a través de los otros, y cada ser se inclina para contemplar sus arquetipos, en un acontecer que acaba en la grandilocuencia por succionar al espectador hacia una realidad aparte. La estética de Buñuel descansa en lo onírico, las regiones instintivas del ser se apoderan del plano para retar a la moral o las buenas costumbres, convirtiendo a una cajita musical, por ejemplo, en un objeto erótico donde amor y muerte, se entrelazan de manera temeraria. El poder de Buñuel, también radica en la sinceridad con la que dirigió las cámaras, la lente que ubicó frente a las regiones habitadas por un montón de cabritas o gallinas, alguna res convertida en despojos, ciegos o enanos, como parte de una fauna que pareciera brotar de un aguafuerte de Goya y cuyo único leitmotiv (para desilusión de algunos), fue el placer de la conmoción por ella misma, ausente de pretensión alguna. El único contacto de Buñuel con el reino de la realidad aparente, es su crítica implacable a las costumbres de la burguesía, esta última representa lo establecido, a través de los valores que enaltece la moral pública con olor a rancio, y que se contrapone al poderío de las imágenes que Buñuel reivindicó en la lente, donde al final triunfan las obsesiones. Francisco Galván o Archibaldo de la Cruz, personajes de algunas de las cintas del director aragonés, son varones impecables ante la sociedad, pero tras las paredes caduca su personalidad burguesa, castigados ya por una marejada de tics nerviosos, manías o creencias que terminan por absorberlos con todo y sus conductas esquizoides.

Los apestados y vagabundos, otrora integrantes de la corte de los milagros o los escuadrones de la muerte, también son reivindicados por la lente de Buñuel, como en aquella escena de antología, donde un anciano desdentado baila al ritmo del aleluya con un velo de novia sobre la cabeza en la cinta “Viridiana”, mientras otros le acompañan con cantos y gestos, y toda la escena pareciera emerger de alguna obra de El Bosco. La preeminencia de lo insolente, alcanzó su máximo bajo la mirada voyerista del director español que detrás de cámaras, se convirtiera en un dictador irreverente que repitió a propósito una y otra escena, para luego contradictoriamente, preguntar a sus actores cual consideraban la mejor, y al final inclinarse por dejar la menos socorrida, únicamente para privilegiar de nuevo el reino de lo contingente, lo sobrenatural que cobró fuerza a partir de los protocolos sociales que Buñuel, ridiculizó. Sus personajes acabaron sucumbiendo ante la marejada de instintos que subyacen en los rincones de las residencias de la burguesía, donde incluso, debajo de los objetos o el perfil psicológico de los protagonistas, triunfó de nuevo el símbolo como portador máximo de la libertad. El cine de Buñuel, es ante todo el evangelio del quebrantamiento de lo habitual, un algo que como sombra se adhiere a lo cotidiano, por dentro lo disecciona hasta mostrarlo en carne viva, al lado de las imágenes donde la languidez de la muerte convive con los hábitos religiosos, las velas o los claroscuros, allá donde la ceremoniosa ridiculez evidencia el propósito del ser humano por ocultar sus verdaderas motivaciones, detrás de los adosamientos barrocos y las escalinatas de mármol, yace la podredumbre, pero también, el amor sublime; lo supo Buñuel como ningún otro cineasta.

El redoble de los tambores de la guerra civil, la religiosidad profunda y las procesiones, aquellas donde los penitentes llevan capuchas y el escenario admite sangre o espinas, fueron parafraseadas por Luis Buñuel en sus películas con magistralidad.  Testigo de un tiempo de hambruna y convulsión, el genio aragonés nos legó invaluables retablos de una cinematografía que arranca el aliento con cintas como: “Un perro andaluz” (1929), “Los olvidados” (1950), “Ensayo de un crimen” (1955), “Nazarín” (1959), “El ángel exterminador” (1962), “Simón del desierto” (1965), “El discreto encanto de la burguesía” (1972), entre otras. Como el mismo lo dijo alguna vez, el quehacer artístico para Buñuel tuvo una dirección espiritual y moral al mismo tiempo. Su espiritualidad radicó en la habilidad para crear escenas artesanales, que encontró en su talante por denunciar los ocultos resortes del alma humana, su ritual de autoinmolación. La moral de Buñuel, no es la moral pública de la burguesía, sino la ética de la libertad contra la censura, la redondez de la carne trémula contra la mojigatería, el poder de los sueños contra las convenciones sociales, el cine de Luis Buñuel es la elevación pues del evangelio de la otredad: un arte que encuentra hasta en las sombras o el polvo, algo del oculto devenir humano.