• 22 de Septiembre del 2021

Caído del cielo

Facebook / SkyGrabber Cinema

Apolo Baltazar cayó como árbol talado. Su cuerpo de garrocha se desplomó sobre el vientre feliz de Generosa, todavía prendida a sus riñones por ir guardando el equilibrio mientras subían al puente peatonal Murad. El efecto dominó no se hizo esperar. Con el impulso, el matrimonio se pasó a traer a una señora con dos canastas, a un policía municipal y a una repartidora de Uber Eats que pretendía ascender con carga, casco y bicicleta.

 

“Un dirigible de 4 metros de largo se desplomó este domingo sobre cinco personas y una bicicleta. El rojiblanco zeppelín promocionaba los pollos de la receta secreta cuando fue embestido por una torre repetidora.”

Dos semanas después de lo que los medios de comunicación señalaron como “el incidente”, Apolo Baltazar recobró el conocimiento, aunque no la consciencia. Un domingo, muy de mañana, despertó en un cuerpo desconocido ─dentro de una bata zancona por la que asomaban sus nalgas míseras─ hablando en lengua bárbara con todas las conjugaciones en pretérito imperfecto. Del accidente ni se acordaba y a Generosa no la reconocía, pero estaba emperrado en quedarse a vivir con la enfermera del turno matutino que cada tercer día le daba un baño de esponja.

     Con trabajos lograron sacarlo del hospital y llevarlo de vuelta a casa, pero las cosas fueron de mal en peor. El hombre había perdido la memoria de su oficio y en el taller de carpintería, repleto de sillas a medio hacer y bases para cama sin pintar, lo único que le provocaba ilusión era la alfombra de viruta que revestía el suelo. Todos los días, al abrir la puerta, el olor de la madera despellejada lo sorprendía con un aroma a perfume nuevo. Las horas se le iban en esponjar los espirales con las manos y en cubrir los huecos que antes había hecho con los pies, hasta que al filo de la una, Generosa se aparecía para llamarlo a comer.

     Siempre había sido de buen diente. No le hacía el feo ni a los frijoles acedos, pero de un tiempo a esta parte la sola mención de cualquier producto avícola le revolvía el estómago. Si andaban en la calle, por ejemplo, Generosa debía prevenirle ante los anuncios de Bachoco porque ver a un pollo le provocaba ataques de ansiedad. Pasar frente a un restaurante blanquirojo le ponía los pelos de punta, pero encontrarse de frente con una franquicia del Coronel, lo hacía orinarse del miedo. Y aunque su esposa le había narrado el accidente más de una vez, el hombre no encontraba relación alguna entre sus aversiones y el zeppelinazo. Ese pánico que sentía por los capones y su parentela era algo que no alcanzaba a poner en palabras.

     Una noche, Apolo Baltazar soñó con un pollote que bailaba cumbias y repartía volantes afuera de su propia casa. Entonces, nomás amanecer, le anunció a Generosa que no volvería a salir a la calle. Cansado de sacarse la mugre del ombligo, se armó un catre en la carpintería y decidió emprender un negocio. En la hornilla eléctrica, donde antes se calentaba el café, montó una olla y preparó varios litros de engrudo con la receta que le había enseñado su madre. Para hacerlo más vistoso le agregó colorante vegetal del que Generosa le ponía a las gelatinas y con el pegamento todavía caliente comenzó a fabricar alfombras de viruta. Al principio las hizo rectangulares y redondas; después, ya con suficiente pericia, les dio variedad copiando la plantilla de emojis que aparecía en su teléfono celular.

     No había vuelto a soñar con el plumífero. Su mente estaba tan ocupada en imaginar nuevos diseños que, sin darse cuenta, varias veces a la semana consumía el pollo y sus derivados que Generosa le dejaba en la puerta del taller. Un día se terminó la viruta. Los tapetes se amontonaban en las esquinas y las manos de Apolo Baltazar volvieron a quedarse inmóviles. Había pasado tanto tiempo que ya no se acordaba del motivo de su encierro, así que armó un atado con las alfombras y salió a la calle para venderlas en el Mercado Murad. En esas andaba, con los tapetes tendidos sobre la acera, cuando de pronto se le vino encima un ballenato volador con las siglas KFC impresas en rojo. Su cuerpo de garrocha se desplomó como árbol talado entre una carita feliz y otra que pelaba los dientes.

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Twitter: @mldeles

 

De la Autora

He colaborado en el periódico Intolerancia con la columna "A cientos de kilómetros" y en la revista digital Insumisas con el Blog "Cómo te explico". Mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en “Basta 100 mujeres contra Violencia de género”, de la UAM Xochimilco y en “Mujeres al borde de un ataque de tinta”, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

He sido finalista del certamen nacional “Acapulco en su Tinta 2013”, ganadora del segundo lugar en el concurso “Mujeres en vida 2014” de la FFyL de la BUAP, obtuve mención narrativa en el “Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores”, con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el “Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017” de Fá Editorial.

He participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.