• 22 de Septiembre del 2021

Siete palabras

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Para no escupirnos los besos, nos gritamos las cortesías.

Gabriela Puente

 

EL GRABADO DE BAYRO ME LO LLEVO

─ Qué hueva. ¿Aquí se pone punto o se manda como si fuera título? A la chingada, así que se vaya. Y así se fue.

     Siete palabras le bastaron a Beto para terminar una relación que había durado igual número de años. Escribió el mensaje por guats, con puras mayúsculas, sin emoticones ni signos de puntuación. Eugenia tenía que entender que esta vez iba en serio. Para qué hacerle caso al corrector en línea, que se volviera loca la señora nomás de leer. Ya bastante le había cuadriculado la vida.

     Si algo le enfermaba de doña Impoluta, era el purismo lingüístico que empleaba hasta para la lista del súper. En ningún concilio de la RAE se había discutido tantas veces la forma correcta de escribir yogur, y no contenta con corregirlo, Eugenia le había sugerido que llenara una plana para que pudiera memorizar la palabra. Beto optó entonces por dictarle a su teléfono los artículos de la compra semanal, pero no, la señora Academia siguió haciéndole el caldo gordo porque en lugar de “bolsas para basura”, él decía “bolsas de basura”.

     Desde que decidió cargar con La dama apenada, el grabado de una cabeza de mujer con penes en oro de hoja por cabellos, Beto no pudo parar de maldecir. Primero les mentó la madre al librero y al escritorio, por razones obvias; luego, se siguió con la cama King y las repisas. Cada rincón le traía un recuerdo de sus gloriosos años felices: el guamazo que le había acomodado al clóset cuando discutieron por la falta de sexo, el patín que le metió a la puerta de la entrada un día que no la pudo azotar a la primera, y el espejo del siglo XVIII en el que estrelló una taza con café en mitad de una discusión. Nada como el sexo de reconciliación, aunque no fuera con la misma persona que lo había hecho enojar, se planteaba como paso a seguir.

     Si a Marilyn le dio comezón al cumplir el séptimo año, Beto se estaba arrancando la piel con la manita rascadora. Su desesperación había llegado al límite de lo humanamente admisible. Ya no tendría quien le pasara las uñas por las corvas durante la conferencia del doctor Gatell, es cierto, pero hay veces que el pato nada y hay otras que ni agua bebe. De todas formas, las acababan de suspender.

     No creyó necesario agregar en la nota que también había echado entre sus cosas el enfriador de vino para seis botellas, el taladro con todas las brocas y el Curvoisier que les quedó como recordatorio de la pandemia de la desgracia. Los días de encierro, que un principio les habían parecido alentadores, porque les permitían andar semidesnudos por la casa, terminaron convertidos en la verdadera peste. Para cuando entró el mes de junio ya se habían escupido a la cara cuando menos setecientas noches de las que había pernoctado en modo cucharita.

     A pesar de las advertencias del doc, Beto se escabullía a la oficina de a tiro por viaje. Con tal de no soplarse a su vieja, era capaz de comprarse el desayuno en un puesto de la calle y pasarse las horas en la vacuidad del edificio. Ese silencio era su redención, el combustible que le permitía seguir transitando por la vida conyugal.

     No, si ya la veía venir, tú ya no eras la misma desde hace tiempo. Habrás conocido a alguien o no sé, pero esto ya me lo olía. Y yo tengo la culpa. Después de que acepté que cometí algunos errores “provocados por ti”, tú no fuiste capaz de reconocer que te has propuesto arruinarme la vida. Pero en fin, todas esas humillaciones que dices haber sentido yo las viví muchas veces y, sin embargo, ahí estuve. Un ejemplo palpable fue la última que me hiciste… y en tus cinco sentidos. Pero ahí te la dejo. Lo que te dije ese día no fue verdad. Nada. Estaba muy alcoholizado. Ahí quedará, y ni modo. Para que me sirva de experiencia y no ande haciendo pendejadas… Pero si no sé cómo fui a caer… Deja que me organice y el sábado saco mis cosas y te aviso.

     Envió el mensaje en audio y miró el cuarto. Las cortinas de oscuridad total que Eugenia siempre mantenía cerradas porque le excitaba la penumbra, la colección de perfumes sin abrir y los alteros de libros que olían a puritita soberbia. Antes de salir le corrió la cortesía de quitar las sábanas en que durmió esa última noche ─agarrotado desde la rabadilla a los pies─ tembloroso de rabia y aguantándose las ganas de madrearlo todo. Hechas bolita aventó las sábanas al bote de la ropa sucia y lo dejó sin tapa. Que se joda lavando, habrá susurrado para sus adentros. Lástima que no se pudiera llevar la cama. O ¿sí? Todavía estaba buena. Y es que un hombre con el orgullo herido no se repone con la venganza, también necesita perjudicar.

 

Durante la contingencia, Eugenia se había vuelto adicta a la escoba y al trapeador. De ejecutiva fifí pasó a consagrarse en los ministerios de la inocuidad con la misma pasión que antes le procuraban los libros. Desinfectaba la compra, las bolsas y los zapatos con líquido antiséptico de uso hospitalario, mientras le exigía a Beto que se metiera a bañar nomás llegar de la calle. En la alacena ordenaba los frascos por estatura, con las etiquetas viendo al frente, por familia alimenticia y sello del fabricante. Lavaba la lavadora, qué aberración. Tallaba los baños con piedra pómez y usaba un cepillo de dientes para los recovecos de los canceles. En sus pocos ratos de calma se habían chutado juntos todas las películas de epidemias, pero en ninguna se lavaban tantos trastes ni se ocupaban tantos líquidos.

     Beto conocía muchas viejas tocadas, aunque ninguna que lustrara el boiler para que se viera bonito. No contenta con ser su correctora de estilo personal, Eugenia lo acorralaba para pasarle mechudo al sitio exacto donde se ponía a haraganear cerveza en mano. Si cogía un vaso, inmediatamente le pasaba una servilleta y esperaba de pie junto a él para irlo a lavar enseguida. Tal llegó a ser su obsesión con el orden y la limpieza, que el pelón mamuco del Master Clean la hubiera certificado en una auditoría sorpresa. Pero su infamia rozó los límites de lo insalubre cuando estableció la regla de dormir con el cubrebocas puesto y en pijama de cuerpo entero.

     Si no le hubiera levantado la canasta, las cosas podrían haber sido distintas. Eugenia le había aplicado la huelga de piernas cruzadas el mismo día en que la estadística llegó a los cien mil contagios, se acordaba con precisión. Según sus propios pronósticos, irremediablemente uno de los dos saldría contagiado en las próximas semanas y lo más seguro es que fuera él por andar yendo a la oficina sin necesidad, seguramente a encontrarse con quién sabe quién. A partir de ahí no hubo cálculo aritmético ni promesa de enmienda que la hiciera cambiar de opinión. Y una mujer emperrada, es incorruptible. Mientras más se empeñaba en convencerla de que aquello se debía a un tema de sanidad mental, más patético parecía el argumento. Su vieja se había vuelto loca.        

     También por guats le notificó que le dejaría las llaves del departamento en la conserjería del condominio y que, ya luego le mandaba a avisar en caso de que se le olvidara alguna cosa. Aquí sí con punto y aparte.

     Tan fácil que hubiera sido que me lo dijeras desde hace tiempo. Nada más te estabas haciendo medio güey, porque no es de ahorita. Seguro fuiste tú la que conoció a alguien y a mí me quieres cargar el muerto… tu forma de actuar y todo eso, ya estaba muy raro, pero, bueno. Eso le pasa a uno por pendejo… a mí más que a nadie. Me regreso a mi casa y ni modo. Me regreso a mi casa, de donde nunca debí haber salido y pues, hablo con mis hijos y ya. Hablo con ellos y con mi esposa, claro, y si tengo que volver con ella para que mis hijos estén bien, pues regreso, que te quede claro.  Ahora sí ya conseguiste lo que tanto querías. Y te lo digo en serio, Eugenia: las puertas que rompí, el espejo que estrellé, los gritos y las palabrotas, fueron tu OBRA. No lo voy a aceptar nunca, y si te hace sentir bien, terminamos por mi “violencia”, pero será una mentira más a tu repertorio. Esto terminó por tu forma de ser, siempre viéndome para abajo. Y sí que tienes memoria corta, porque todo lo que se rompió tú lo provocaste. Piensa y recapacita, por eso estás sola. Eres insufrible. Por eso nadie se queda contigo.

     Eugenia continuó viendo películas sobre pandemias, pero en ninguna se rompían tantas cosas dentro de la casa ni se pegaban tantos gritos. 

 

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Twitter: @mldeles

 

De la Autora

He colaborado en el periódico Intolerancia con la columna "A cientos de kilómetros" y en la revista digital Insumisas con el Blog "Cómo te explico". Mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en “Basta 100 mujeres contra Violencia de género”, de la UAM Xochimilco y en “Mujeres al borde de un ataque de tinta”, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

He sido finalista del certamen nacional “Acapulco en su Tinta 2013”, ganadora del segundo lugar en el concurso “Mujeres en vida 2014” de la FFyL de la BUAP, obtuve mención narrativa en el “Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores”, con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el “Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017” de Fá Editorial.

He participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.