• 06 de Marzo del 2021

El amor acaba

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Siempre terminaba sus relaciones con un cambio de departamento. Si había que empezar de cero que fuera desde abajo, pensaba. Y es que a Luciana le hablaban las cosas.

 

La docena de inmuebles habitados en su corta historia daban cuenta de igual número de relaciones fallidas, pero amorosas. Cuando una de ellas comenzaba a deteriorarse los primeros síntomas se manifestaban en el apartamento. Las señales podían ser imperceptibles o grotescas, desde un goteo en el grifo de la cocina hasta un desastre brutal en la cañería del baño.

A finales de diciembre notó las primeras señales. El refrigerador dejó de cuajar los cubitos de hielo y una nata verdosa comenzó a aparecer sobre el jamón al tercer día de la compra. El técnico le explicó que la falla se debía a un mal manejo durante la última mudanza, pero ella se quedó con un regusto a cilantro en la boca. Apenas llevaba seis meses de romance con Fernando y esta vez sentía que era el bueno. Mientras el especialista hacía lo suyo con el gas y Luciana acarreaba los huevos, las carnes y la mantequilla para guardarlos en una hielera del Oxxo, alguien levantó la persiana del dormitorio en el departamento de enfrente. Desde lo alto de la cama sin cabecera, un cristo ensangrentado la convidó a echar sus barbas a remojar.

Antes de terminar con Amadeo, su ex ex, en una lacrimógena escena a las puertas de un centro comercial, se había hecho trizas el portarretrato con la fotografía familiar de su graduación llevándose al paso dos peras de Murano que yacían en la mesa de la sala.

─ ¿Tan pronto se te acabó el amor, Amadeo?

─ El amor no termina, baby. El amor se transforma, se debilita y se descompone  ─le había respondido el aprendiz de filósofo.

─Y ¿en qué se transformó esto? Según tú.

─No me lo tomes a mal, muñeca. Cocinas muy rico y eres súper intrépida en la cama, pero yo creo que nos iría mejor como amigos. Si quieres podemos seguirnos viendo de vez en cuando.

A los dos meses estrenaba departamento en la colonia contigua. Para limpiarse la salazón había decidido cambiar también los muebles y el centro de lavado por una lavasecadora Samsung de gestión inteligente. Encendió varitas de incienso en todas las habitaciones y cambió sábanas y almohadas para no revolver fluidos. A Fernando lo conoció en el elevador, vivía tres pisos debajo de ella, y el flechazo fue inmediato. Quince días más tarde ya planeaban mudarse juntos para ahorrarse una renta. A diferencia de Amadeo, el vecino entendía de presupuestos y de estadística, de modo que se entendían en el mismo idioma.

Si algún error había cometido al engancharse con Félix, su ex ex ex, era que deambulaban en mundos diferentes. Él era músico de conservatorio, un artista en toda la extensión de la palabra, y odiaba arriesgar sus manos prodigiosas en cualquier labor doméstica.

─Pero, ¿cómo se te ocurre que yo lave los trastes, Luciana? Estos dedos solo pueden deslizarse sobre las teclas del piano. ¿Te imaginas lo que pensaría Beethoven si me viera?

Y Luciana cargaba además con la barrida, la trapeada y la lavandería, las prácticas nocturnas y las siestas diurnas de su amado concertista, que dicho sea de paso, no tocaba en lugar alguno porque la salsa no era lo suyo. El día en que se rompieron dos patas de la cama sospechó que su idilio con la música no iba a funcionar, pero cuando se vino abajo la repisa con todo y pantalla, empacó los dos pantalones del hombre, sus tres camisas y sus veinticinco cables en una caja de huevo.

Al décimo segundo departamento se cambió con lo indispensable. Según contó a sus amigas, deseaba comenzar una etapa minimalista para dejar espacio a sus pensamientos. En el fondo le apostaba a que teniendo menos cosas que se rompieran, su relación con los hombres iba a mejorar. Pero Fernando no alcanzó a mudarse con ella. Después del refrigerador se cayó la puerta del clóset, una hoja de cristal templado de más de dos metros que dejó a Luciana con quince puntadas en el antebrazo. Luego se fundió la licuadora, se descompuso el extractor del patio, se quemó el contacto de la recámara y se desbordó la taza del baño.

Como cada semana, Inmuebles24 envió a Luciana la lista de apartamentos que se ajustaban a sus preferencias. Ya era cliente elite, y eligió para comenzar el año un espacioso loft con terraza de veinte metros, baño de dos puertas y una magnífica vista al norponiente de la ciudad. En la alberca del condominio conoció a Esteban, un atlético estudiante de mecatrónica que vivía a expensas de su abuela. Esa noche se fue la luz en toda la ciudad.

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Twitter: @mldeles

 

De la Autora

He colaborado en el periódico Intolerancia con la columna "A cientos de kilómetros" y en la revista digital Insumisas con el Blog "Cómo te explico". Mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en “Basta 100 mujeres contra Violencia de género”, de la UAM Xochimilco y en “Mujeres al borde de un ataque de tinta”, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

He sido finalista del certamen nacional “Acapulco en su Tinta 2013”, ganadora del segundo lugar en el concurso “Mujeres en vida 2014” de la FFyL de la BUAP, obtuve mención narrativa en el “Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores”, con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el “Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017” de Fá Editorial.

He participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.