• 30 de Enero del 2023

Del mitin a los movimientos armados (Relato)

 

Con mi cámara captaba escenas de individuos enfurecidos y caras desgarradas por el enojo ante las injusticias que decían padecer.

 

Juan Norberto Lerma

 

*La parte esencial de esta historia me la contó el fotógrafo Octavio Nava. Si este texto tiene algún mérito, se debe a la intensidad de sus descripciones".

En el mitin gritaban consignas contra el gobierno de Manrique Estévez Verón. Eran unas quinientas personas, esperaban que sus líderes terminaran de subir al templete improvisado sobre el toldo de una camioneta. Harían público el despojo de unos cafetales y la negativa de las autoridades locales a atenderlos. A eso habían venido a la ciudad. Sin embargo, no eran ingenuos, su lucha era más para sacudirse a los terratenientes que no los dejaban vender sus productos con libertad.

Mientras los líderes se tomaban su tiempo para comenzar su intervención, la gente le daba vuelo a su creatividad, hacían juegos de palabras y cantaban a coro las muertes que costaba su lucha y anunciaban el derrumbe de la autoridad; escribían en cartulinas mensajes irónicos o sarcásticos, todos con un fondo cómico que ridiculizaba a los gobernantes en general.

El clima del mitin era el usual. Con mi cámara captaba escenas de individuos enfurecidos y caras desgarradas por el enojo ante las injusticias que decían padecer. Esta vez un grupo de personas venidas de Laguna Grande protestaba por el despojo de unas tierras, en otras ocasiones eran contingentes que denunciaban abusos de caciques locales o gente que imploraba una escuela o un hospital. Me quedaba claro que mientras existieran gobiernos, siempre habría porqué protestar. No estaba ahí por cuenta de mi editor. Había escuchado de pasada en la redacción el comentario y ahí estaba entre los manifestantes, con un sombrero de explorador para defenderme del sol. Capturar en fotografías la temperatura de los movimientos sociales era mi profesión.

Entre la multitud, se movían varias personas jóvenes con papeles en las manos. Se acercaban a determinada gente y murmuraban frases que se perdían entre el griterío. Detrás de mí había media docena de mujeres que vociferaban sin descanso y repartían agua cuando se cansaban de maldecir.

Me movía entre los manifestantes como entre arenas movedizas. Al ver mi cámara, los participantes en la protesta se hacían a un lado y me dejaban hacer mi trabajo.

De pronto, entre la multitud alguien me tocó el hombro. Me volví y vi a un muchacho vestido con mezclilla y una sudadera. Me pidió que me identificara. Lo barrí con la mirada y quise darme media vuelta, pero otros dos jóvenes me impidieron con sus cuerpos alejarme del lugar.

Les mostré mi credencial y los otros dos se alejaron. El muchacho miró mi cámara, movió la cabeza y murmuró: “¿De veras quieres ver algo interesante?”. Pensé que el tipo aquel quería molestar, pero de cualquier forma le contesté que sí. El muchacho parecía un joven estudiante cualquiera, sonrió y contestó: “Te he visto otras veces. Ya tendrás noticias mías”. Se alejó enseguida y lo vi reunirse a mi izquierda con dos sujetos de edad madura. Si lo que quería era intimidarme, no lo consiguió, continué haciendo mi trabajo y olvidé su rostro y su propuesta rápidamente.

Dos semanas después, recibí una llamada telefónica. Eran las cinco de la mañana de un viernes. Pregunté molesto quién llamaba y del otro lado de la línea una voz ronca contestó: “¿Quieres ver algo interesante?”. Inmediatamente me desperté, recordé al sujeto del mitin. Me quedé frío. Iba a responderle, pero me interrumpió. “Mañana va a ser el espectáculo. Si quieres tomar fotos de un grupo armado, tienes que estar a las ocho en donde te voy a decir”, agregó. Sin esperar mi afirmación, se soltó dándome datos del lugar preciso.

Cuando colgué creí que había soñado, tenía un papel en la mano, con datos que garabateé mientras el sujeto hablaba. Ya no pude dormir. La cita era esa misma noche, el espectáculo vendría después.

En la tarde, aún creía que esa llamada se trataba de una broma. Sin embargo, me intrigaba el hecho de que el sujeto conociera mi número telefónico y que hubiera repetido la misma frase de quien me había interceptado en el mitin.

Si era una broma, perdería sólo dos horas en ir y venir, pero si era verdad obtendría fotografías únicas. Decidí arriesgarme.

Llegué a la central de camiones y me acerqué a un puesto de periódicos, me detuve tres minutos exactos y enseguida busqué la cabina telefónica que me habían indicado. Era la tercera en la pared de la derecha. Simulé hablar y un minuto después apareció un individuo en la cabina vecina. Rápidamente deslizó un pequeño papel por encima de mi hombro y se perdió entre los transeúntes.

En el papel estaba escrito el nombre de una población. Compré un boleto y en la madrugada el camión llegó a su destino. Descendí y minutos después vi venir a un individuo que parecía estar ebrio. Traía una gabardina y se tambaleaba. Al pasar junto a mí, murmuró coherentemente que lo siguiera. Lo obedecí. Caminamos varias calles en silencio, en el frío de la madrugada. Al llegar a una esquina, el hombre señaló un auto. Entonó una canción y se alejó tambaleándose aún más. Me quedé ahí.

De la mitad de la calle se desprendieron las sombras de dos hombres. Me sobresalté, pero vi que no tendría escapatoria. Se acercaron y me preguntaron mi nombre. Les respondí. Entonces, señalaron un auto y me pidieron que subiera. Dentro del auto, uno de los hombres me vendó los ojos, “Es por su seguridad”, dijo. El auto arrancó y los hombres no volvieron a abrir la boca.

El auto se deslizaba sin problemas. Pasó más de una hora. De repente, aminoraron la marcha y enseguida sentí que íbamos sobre terreno accidentado. Minutos más tarde se detuvieron. Me quitaron la venda de los ojos. A mi alrededor había vegetación tupida. Miré el reloj disimuladamente. El calor iba en aumento y sentía hambre. Uno de los hombres se perdió entre la maleza y regresó con otros dos. No sabía con exactitud dónde me encontraba.

Los hombres conversaron brevemente y me indicaron un sendero. Los seguí hasta otro auto. Los primeros hombres se alejaron. Dentro del automóvil, de nuevo me vendaron los ojos, pero está vez me pidieron que me agachara. Obedecí en silencio. Perdí la noción del tiempo. Volvimos a la carretera y apreté la cabeza contra mis rodillas.

Mucho tiempo después el auto comenzó a bambolearse. Entrábamos en terrenos pedregosos. A cada instante sentía aumentar el calor. De pronto, el auto se detuvo. Escuché que se abrían las portezuelas y que uno de los hombres gritaba una especie de clave. El otro se acercó a mí y me quitó la venda.

Esperaba encontrar hombres armados y encapuchados. En cambio, vi unas chozas frente a mí. Había unos hombres cortando madera y mujeres campesinas dedicadas a destazar un animal. Parecía una población común y corriente.

A esas alturas ya nada me sorprendía. Cuando vi salir de una de las chozas al muchacho aquel del mitin, me pareció natural. Me saludó y comenzó por disculparse por las molestias del viaje.

Enseguida me señaló una caseta y me dijo que ahí me reuniría con otras personas. Me encaminé hacia el lugar y dentro encontré a algunos conocidos. Había fotógrafos y reporteros de medios nacionales. A eso de las tres nos dieron de comer. Estábamos en medio de una selva, habíamos cruzado por Morelos y yo tenía la seguridad que ese lugar era una población de Guerrero o Michoacán.

Antes de anochecer, vimos que comenzó una movilización importante. Hombres y mujeres improvisaban una especie de escenografía con mantas con proclamas e instalaban un equipo de sonido sobre un tablado sólido.

Cuando oscureció, salimos libremente y corrió el rumor de que las Fuerzas Armadas Revolucionarias estaban por aparecer. Desde mi llegada, había tomado fotografías del paisaje, sin embargo se me advirtió que no podía tomar ningún rostro y respeté la orden. Mi cámara estaba lista.

Eran las diez de la noche, pasadas, los fotógrafos y reporteros conversábamos alrededor de unas fogatas. De improviso, se escuchó un rumor en la maleza y un golpeteo de decenas de pasos que provenían de la oscuridad. Sentí que lo mismo podría ser que se estuviera desgajando un cerro o que pudiera aparecer un animal enorme. Antes de que pudiéramos saber de qué se trataba, se escucharon cientos de detonaciones. Durante dos minutos se oyeron ráfagas ininterrumpidas de armas largas, y todos los reporteros saltamos y tratamos de protegernos en los huecos naturales de la tierra, detrás de árboles oscuros y otros, incapacitados para moverse, permanecieron pecho a tierra.

Mientras corríamos, aparecieron decenas de hombres con uniformes militares y encapuchados. Alguien nos gritó que no nos espantáramos, que sólo se trataba de una maniobra propagandística. En efecto, desde la zanja en que caí vi que los encapuchados continuaban disparando, pero lo hacían al aire. Cuando terminaron, decenas de sujetos vestidos con su uniforme militar, se cuadraron a unos veinte metros de las fogatas y permanecieron mudos y con las armas sobre sus pechos.

Nos llamaron y tuvimos que abandonar nuestros refugios. Uno de los militares subió al estrado que habían preparado y comenzó a explicarnos las razones por las cuales se habían visto precisados a organizarse como grupo armado. Hablaron de la sordidez de las autoridades, de la represión campesina, de la violencia urbana… y del desgaste de las instituciones. Al terminar, reivindicaron su decisión de ofrendar su vida para revolucionar el panorama político y volvieron a accionar sus armas.

Tomé cantidad de fotografías sin que nadie me lo impidiera, pero no pude conversar con ninguno de los militares.

Con el mismo sigilo con que aparecieron, los miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias se fueron. Esa misma noche iniciamos el regreso. El procedimiento fue muy parecido al que utilizaron para llevarnos. Salimos en una camioneta cerrada y nos separaron en puntos no identificables. Llevábamos los ojos vendados y el ánimo exaltado. Por la madrugada, el vehículo que me conducía se detuvo. Estaba en las orillas de Querétaro. Me dejaron ahí cerca de una gasolinería. Como pude, llegué a una terminal de camiones y emprendí el regreso.

Dentro del autobús, me sentía satisfecho por el trabajo fotográfico que había conseguido. Reflexionaba acerca de las palabras de los miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Por las ventanillas del camión veía los campos desolados, abandonados, y detrás las poblaciones, a la buena de Dios, sin educación, sin justicia, tal como ellos lo denunciaban, como son realmente las comunidades que integran este país llamado México en el que me tocó vivir.

 

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Juan Norberto Lerma

México, Distrito Federal. Es escritor y periodista. Ha colaborado en diversos medios de comunicación y en varias revistas culturales. Ganó el premio de cuento José Emilio Pacheco, al que convocó la Universidad Nacional Autónoma de México.

Ha publicado varios libros de cuentos en Amazon, entre los que se encuentran La Bestia entre los días, Perro Amor y Las Mariposas cantan de noche.