• 05 de Febrero del 2023

Fragmentaciones, novela de José Falconi

Fragmentaciones, novela de José Falconi

 

La experiencia de la fragilidad de la vida, son advertidas por el poeta desde sus primeros años

 

 

José Natarén

Diez meses después del “halconazo”, de la matanza de Corpus Christi -en plena guerra sucia- en febrero del 72, un joven, menor de edad, constató la brutalidad propia de los totalitarismos y autoritarismos del siglo XX, la barbarie de todas las épocas. De golpe, al principio, leemos sufrimiento, dolor, sangre y excrecencias en una mazmorra que tiene mucho del apando revueltiano. Fragmentaciones, inicia en el lado moridor de la realidad. Pepe, el protagonista, personaje de ficción literaria, es idéntico, hasta donde la escritura permite, al autor. También es otro, el que vive, padece o goza, según sea cada una de las tres secuencias narrativas del libro. Pepe, el alter ego de Pepe.

En el capítulo VII inicia el calvario de aquel que más hubiera deseado enamorarse, y tener una novia, que padecer el costo de conocer al “Güero” y a Raúl Ramos Zavala, líder comunista cuyo asesinato en el parque México ocurrió inmediatamente antes de la captura de los inocentes. La experiencia de la fragilidad de la vida, son advertidas por el poeta desde sus primeros años. Al recordar la infancia, descuellan dos imágenes violentas: la testa de los puercos en el mercado de Portales, y un equilibrista muerto en un charco de sangre. Luego, le tocará padecer, protagonizar la pasión.

Una de las historias de la novela, permite comprender por qué los muchachos, en particular Pepe, estaban en la mira de la Dirección General de Investigación. Las andanzas de Pepe junto a “El Güero”, “Florencio Medrano”, líder campesino asociado a Lucio Cabañas; cazador de tlacuaches y estratega contra el gobierno estatal que termina como no podía ser de otra forma. Los hilos de la trama se desarrollan alrededor de él: secuestro; la infancia y juventud en Portales; la experiencia contracultural que sucede con Karana y Padmini, un relato con viñetas sadomasoquistas, hinduistas y, sobre todo, con preeminencia de lo onírico-sensual, con un pathos que se llevará al límite en Neblina Morada, otra novela de Falconi.

En Fragmentaciones leemos poesía de chiapanecos: el epígrafe de Enoch Cancino Casahonda; un verso de Sabines, desgarrado por la muerte del padre-héroe fallecido, figura que, en este libro, corresponde a José Falconi Castellanos, cuya muerte refleja la voracidad del sistema para eliminar a sus adversarios, dado que el trasfondo fue un atentado político. Desde una perspectiva reflexiva, casi en un estado afectivo filosófico, inicia la remembranza del padre: “Hay una grave enfermedad en el mundo moderno: la enfermedad del olvido”. Por su parte, Javier Molina emerge entre la revelación enteógena como los danzantes espacios estatuarios de Raúl Garduño.

No todo es terrible en Fragmentaciones, aunque sea el principio de la belleza, de Karana y la enfermera celeste, la alucinada imagen de la diosa, la musa de carne y hueso, de humo y psilocibina. Contrasta el tono etéreo pero fetichista, podolátrico del fragmento: “¡Oh!: la belleza de Karana inmóvil mostrando las plantas de sus pies; ella suspendida en medio de un salto, sin reposar sobre otra cosa que no fuera el tiempo solidificado esa tarde de verano”. Otra forma tabú del deseo, el incesto, se sugiere dos veces: entre los dueños de una dulcería “Delicias” (¿Cómo el Jardín de El Bosco?), como entre Maricela y Rey, cuyo fin, por andar, en malos pasos, −ese sí−, nos asombra gracias a la astucia del autor.

Fragmentaciones nos revela que solo el amor, el erotismo, y la palabra alada, nos salvan de la inutilidad del mundo y de su violencia primordial: siembran sentido en este “asilo de alienados”, solo transitable por el delirio poético y la participación de la gracia carnal, siempre femenina: la sumisión a Karana o a la imagen de la Enfermera Celeste.

Sabemos que lo escrito, dicho o recordado, más allá del carácter biográfico, sustituye a la realidad. No la imita, la reinventa, funda otra, representa o actualiza la tragedia del mundo que los antiguos, como el estagirita, en su poética, llamaron mímesis, para satisfacer la búsqueda del tiempo perdido, de lo ausente. La lectura y escritura de literatura restituyen la presencia, traen a primer plano la experiencia humana, nuestro sustrato. Las buenas novelas, como Fragmentaciones, nos carean con nuestra más elemental verdad: la finitud, un careo con nosotros mismos al fondo de la realidad.

Por supuesto, la música destensa la enrarecida atmósfera que el secuestro de unos muchachos -Ramón, Víctor, Polo y Pepe- por parte de la policía secreta durante la Guerra Sucia, induce en el lector. En Fragmentaciones se escucha The end, así como la música de Víctor Jara, “El corrido de Jaramillo”, de José Molina y “Sombras nada más” de Javier Solís. Banda sonora del joven protagonista, aislado en una prisión clandestina de Tlaxcoaque, luego de un interrogatorio que dejó secuelas de por vida.

El arte, como bien es sabido, no está en el qué sino en el cómo, en el alquímico matrimonio entre forma y fondo, entre experiencia y técnica, entre vida y pensamiento. Resalto la plasticidad para transcurrir de un registro a otro del lenguaje, del culto, de la cita literaria, de la alusión a Tecayehuatzin, Quevedo, Rilke, Bañuelos, Ballagas y Papini, hasta la expresión más liberadora de mentadas y procacidades, de los actores de la historia infame inserta en seis segmentos a lo largo de la novela.

En Fragmentaciones se aprecia la ficción al interior de la ficción, como la historia infame, y no solo eso, también microcuentos: “Salón Palacio” y “El instante se descuelga del clavo”; los versos a la Enfermera Celeste, y “El pestañeo oscuro”, imagen de lo sagrado. Destaca el guion teatral de la última historia infame y la reflexión poética en torno a Vallejo, el juego del lenguaje, y ciertas estrofas, casi citas de Cercadas Palabras o Escribo un árbol. Conviene al lector tener a la mano, esos libros del poeta, asimismo Escala roja y Golpe de agua, para comprender la unidad de su obra.

Es claro que Fragmentaciones fue escrita por un escritor completo, no constreñido a este o aquel género, lírico, épico, dramático, novelístico, cuentístico, periodístico, biográfico. Debe leerse en varios tonos, y en voz alta o baja, saborear o resistir la amargura de sus matices, sus espectros, sus giros y cadencias, sus ritmos contrapuestos, como la realidad.

La coda deja claro que, la experiencia más personal del protagonista se centra en Karana, la musa, durante una ensoñación psicodélica, simulacro de un sacrificio indígena, y, sobre todo, la liberación del lenguaje lógico convencional: diagonales que expresan el cese del pensamiento, entre una revelación y otra del delirio, el silencio cuando el ser-palabra, calla.

Fragmentaciones tiene elementos de novela negra, hasta cierto punto histórica pero también surrealista, y con elementos de la literatura de la onda. Una de las enseñanzas más sabias de la novela: solo el amor, el erotismo y la capacidad de refigurar la realidad mediante la palabra alada, nos salvan de la violencia primordial del mundo y siembran sentido en este “asilo de alienados”, solo transitable por el delirio poético y la contemplación o participación de la gracia divina y carnal, siempre femenina, la imagen de la vida y de la muerte, sea la Enfermera Celeste o Karana.

FALCONI, José. “Fragmentaciones”, (2015): Coneculta-Chiapas, 144 p.