• 18 de Mayo del 2022

Emma Reyes, la niña que sobrevivió a su destino

Libro Emma Reyes / Facebook/Jimena Ardigó

 

Era mejor conocida por su arte pictórico y por su labor protectora de artistas latinoamericanos

 

Luis Martín Quiñones

Algunos libros que pasan por nuestras manos suelen dejar ese aroma que llevamos impregnados y se desprende incesantemente para nunca olvidarlos.

Tal es el caso de la historia de Emma Reyes, pintora colombiana que antes de que se publicara su libro “Memorias por Correspondencia” era mejor conocida por su arte pictórico y por su labor protectora de artistas latinoamericanos.

Radicada en Francia después de algunas vicisitudes trágicas en su paso por su natal Colombia y Argentina, desarrolló su arte pictórico en su máxima expresión. Pero su pasado triste en la pobreza y orfandad en la Bogotá de los años 20’s marcará su vida que relatará en cartas que dirige a su amigo Germán Arciniegas.

En sus epístolas que datan del año de 1969 Emma camina por los recuerdos de una infancia dolorosa, de pobreza, violencia y abandono. Con un estilo franco sin pretender ser melodramática, nos conduce a los senderos infantiles de una niña que no tiene derecho a nada más que a la abrupta condición constante del hambre, el maltrato y un inframundo lleno de perversidades. 

Son 23 cartas que con el rescate de su pasado nos conduce a la más cruel condición humana que puede padecer un niño. Sin embargo, es muy generosa con el lector que, no obstante asombrado por toda la desdicha que la autora evoca, encuentra una extraña narración despojada del rencor que podría ser el eje conductor de sus memorias.

En escenas de golpes, bacinillas llenas de excremento esperando ser vaciadas, niños abandonados, explotación, llanto por golpes y humillaciones, nos conduce al mundo de muchos niños sin hogar que tienen que vivir los más profundos abismos del infierno. No en vano nos dice que “En esos medios uno nace sabiendo lo que quiere decir hambre, frío y muerte”.

Pero en su mirada infantil, a pesar de su desgraciada existencia, evoca recuerdos gratos al lado de Helena, su hermana, y al Piojo, compañeros de juegos con los que inventaba diversiones junto al muladar donde vaciaban sus bacinillas.

Después de ser abandonadas sin misericordia en una estación de tren, Emma de cuatro años y Helena de seis, llegarán a un convento donde será la continuación de una serie de maltratos, explotación y de una caridad disfrazada de una bondad que ocultaría una miserable vida de trabajos forzados, vejaciones, todo justificado “en el nombre de Dios” y de una “compasión” que cobraba altos intereses.

Sin embargo, es en esas jornadas laborales prolongadas donde encontrará, sin saberlo, sus inicios como gran artista. Será en el bordado de miles de prendas que desarrollará en ella una habilidad manual y de artesano que más tarde la convertirán en una gran virtuosa de los colores.

Derivado de esas infames horas sin fin de sus manos hábiles de niña, más tarde podrá entablar un diálogo con los artistas más importantes de la época como son los mexicanos Diego Rivera, Frida Khalo y Rufino Tamayo.

En sus cartas nos deja ver la suerte de los niños huérfanos, en que la madre sustituta resulta ser una especie de carcelera o de secuestrador, en el que unas cadenas y un fierro candente no son suficientes para la crueldad, y en el que el padre desconocido y ausente es solo un fantasma que engendra pobreza y abandono.

Leer las cartas de Emma es sumergirse a la inocencia de una niña que, a pesar de su insufrible paso por el muladar de un barrio, encuentra amigos; a pesar de encontrarse con una mujer que las abandona y golpea, la ve como una madre; no obstante, la opresión ejercida por las monjas, no odia a Dios.

Memorias por Correspondencia es un viaje al alma de una niña que en su mirada supo rescatar la alegría de la adversidad, la bondad dentro del infierno.

Pero también nos previene de no olvidar que la infancia de un niño huérfano podría ser mejor si encontrara en su ya de por sí, amargo destino, personas que fueran genuinamente misericordiosas, en el que la violencia no formara parte del catálogo educativo y en el que las caridades no se disfrazaran de dádivas de dudosa legitimidad.

Emma escapa del convento y sus primeras imágenes del mundo son una calle larga en una loma, al final vio un pedacito de la torre de una iglesia, era el horizonte que le esperaba una vida, no fácil, pero llena de esperanzas.

Como deseo póstumo Emma Reyes dejó establecido que las utilidades de su libro se destinaran para la Fundación Hogar San Mauricio que entre sus objetivos es dar protección al desamparo de la niñez. Y cómo legado universal nos ha dejado una obra que nos invita a la reflexión y a pensar que la niñez, puede tener un mejor destino.