• 26 de Septiembre del 2021

Giordano Bruno, sus pensamientos en la hoguera

Giordano Bruno / Facebook/Adeib Bashar

 

Le dije que eran maravillosos los escritos de Erasmo de Róterdam pero que nadie debería enterarse porque no era bien visto por la iglesia católica

 

Recuerdo aquellos momentos como la historia más lamentable en mi vida. Las llamas se extendieron de su carne, como un carbón vivo e indomable que arrojaba sus últimos destellos de una vida infatigable y dejaba ir los últimos pensamientos de una mente prodigiosa. Se desprendían de su pecho los lamentos y su sangre que para mí no eran otra cosa que le lacrime dal cuore que, al calor del fuego rodaron como pequeñas piedras preciosas.

Recordaré aquel año como el más aciago. Fue el 17 de febrero de 1600 bajo los efluvios del invierno que la ciudad de Roma se oscureció por las cenizas de nuestro malogrado Filippo. Pero también recuerdo aún los maitines en el Chiostro da Nola donde caminaba meditando en sus bosquejos filosóficos.

La remembranza de esos años de juventud evoca aquellas tardes en que conversábamos de las antiguas batallas de Nola. Un orgullo por nuestra ciudad palpitaba en nuestros corazones recordando las batallas temibles contra Aníbal y las invasiones de Cartago. Después, partimos para no volver nunca a nuestra pequeña patria. 

Aún no comprendo por qué Filippo cambió su nombre en Nápoles en el convento de los dominicos. Con su nuevo y recordado nombre, Giordano Bruno comenzó sus terribles desencuentros con la Iglesia. Fue entonces cuando desafió por primera vez a las autoridades eclesiásticas.

Le dije que eran maravillosos los escritos de Erasmo de Róterdam pero que nadie debería enterarse porque no era bien visto por la iglesia católica, y además, estaban prohibidos. Quizás quiso ser igual que él. Desde aquel 1575, que tuvo que huir del convento de los dominicos, no lo volví a ver hasta el día de su muerte.

Desde su partida de Nápoles tuvo la bienaventuranza de viajar y tratar con reyes y filósofos. Escribió sus pensamientos e ideas de las que nunca se arrepintió. Quizás, sus momentos más fértiles fueron cuando el Rey Enrique III de Francia le concedió una cátedra. Sus pensamientos eran admirados y respetados. Luego Londres lo recibió como acompañante del embajador Michel de Castelnau, donde la Reina Isabel también lo vio con buenos ojos. Fue ahí que tuvo sus momentos de mayor inspiración y escribió cinco de sus grandes obras en italiano.

Luego vino su inevitable caída. Fue repudiado por sus doctrinas y ni los luteranos aceptaron sus pensamientos. Sus últimos escritos latinos fueron su sentencia de muerte. ¿Cómo se atrevía a decir que L´universo è infinito? Tentó al diablo y a la Inquisición.

Fue la denuncia del noble veneciano Giovanni Mocenigo, que lo traicionó después de escuchar sus enseñanzas. Corto de pensamiento, Mocenigo tuvo temor por sus doctrinas y acudió al Santo Oficio. En ese año de 1592 fue trasladado a Roma, hecho preso, y sólo saldría de la cárcel después de ocho años de cautiverio para recibir su condena: la hoguera.

Clemente VIII tomó la vida de Giordano Bruno para entregarla al tormento del tribunal inquisidor.

Sus carnes arderían por ser culpable de herejía y pertinacia. Sería despojado de sus ropas, atado a un palo y su lengua cercenada en una prensa de madera para que no pronunciara palabras diabólicas.

Podría evocar su sufrimiento, sus gritos desgarrados por el dolor y tormento; las llamas que se hacían cada vez más grandes mientras su voz se iba apagando; y revivir aquella mañana triste cuando lo trasladaron al Campo di Fiore. Pero prefiero recordar aquel verso que escribió unos días antes en su celda y fue como una sentencia para sus verdugos.

«Decid, ¿cuál es mi crimen? ¿Lo sospecháis siquiera?

y me acusáis, ¡sabiendo que nunca delinquí!

Quemadme, que mañana, donde encendáis la hoguera,

levantará la historia una estatua para mí».