• 07 de Diciembre del 2022

Sobrevivir a la soledad

 

Se vive bajo una aparente compañía, en una congregación disfrazada y además, falsa

 

 

Luis Martín Quiñones

Todos hablamos de la soledad, de cómo se vive y de cómo sobrevivir a ella. Pero la verdad es que quien supera ese estado del alma, habla muy poco de ello o evita llamarse el experto en dichos menesteres. La soledad se vive en silencio, en ese espacio que, no obstante lo terrible que puede ser, preferimos mantener en secreto.

Definirla puede llegar a ser todo un reto y se corre el riesgo de terminar por conceptualizarla desde una perspectiva muy particular. Por lo que vale la pena hacerse ciertos cuestionamientos:

¿Es la soledad un vacío, un espacio, o un interludio de la agitación del hombre? Tal vez es un momento, una pausa a nuestro espíritu gregario. O cabe pensar que siempre estamos solos y la compañía es la ruptura a ese estado de aislamiento permanente que nos da la soledad.

En los tiempos que nos ha tocado vivir, el ser un individuo apartado del mundo por voluntad propia y llevar una vida monacal, suele ser mal interpretada o de plano rechazada, cuando hoy en día se vive más que nunca en un estado de hiperconectividad y de una aparente unión fraterna a todas horas.

La soledad se vive bajo una aparente compañía, en una congregación disfrazada y además, falsa. La comunicación y el esperado like no sólo nos alejan de un espacio de verdadero ocio que sólo se puede alcanzar con una quietud absoluta.

Hoy, más que nunca la soledad no puede ser permitida, se ve como un recurso anacrónico que es perturbado por toda una congregación que está disponible a tan sólo un clic de distancia. Sin embargo, hay argumentos que vale la pena rescatar en nuestro mundo veloz y aglomerado.

Al respecto Carl Jung argumenta que “la comunidad florece tan sólo allí donde cada individuo rememora su propia singularidad y no se identifica con los demás. De ahí que haya cierto goce en algunos momentos de insólitos destierros espirituales”.

Los estoicos, filósofos griegos, fundaron sus principios en la fortaleza, la serenidad. Y dentro de su impasibilidad incluían a la soledad como elemento fundamental. Es en ella donde surgen las ideas, la poesía y donde cabe una imaginación que a veces desborda en obras maestras en todos los campos del saber.

Los héroes en su proceso de sufrimiento y abandono, es en el castigo divino de dónde proviene su astucia, su reflexión y muchas veces el favor de los dioses que compensan al héroe con su salvación.

Prometeo se rebela contra los dioses del Olimpo y recibe como castigo la soledad por la entrega del fuego a los hombres. Su hígado es devorado todos los días por el águila monstruosa que lo obliga a soportar los dolores atado al monte Cáucaso. Hasta que una flecha de Heracles lo salva del sufrimiento. Al final triunfa llevando a la humanidad el conocimiento, la ciencia, las artes para dejar atrás la era oscura de la humanidad.

En apariencia los dioses abandonan a los héroes para que cumplan con el castigo merecido. Pero es esa ausencia la que al final los eleva al altar de los vencedores y la gloria eterna.

Es pues, ese espacio ante las adversidades que el ser humano puede encontrar el sentido a la vida; el momento de una poesía sublime; un plot twist emocional que cambie una escena turbia y tétrica en un momento de insólita revelación. De ahí tal vez que Nietzsche afirme que el “valor de un hombre se mide por la cantidad de soledad que le es posible soportar”.

Sin duda la premisa básica de la humanidad nos impulsa a encontrar la compañía para garantizar la supervivencia. Sin embargo es en ese estado de ausencia que fortalece los lazos con los demás. El escritor recién fallecido, Javier Marías, vivió una peculiar relación con su esposa, nos dice Víctor Núñez Jaime: “Durante 20 años se mantenían juntos por dos a tres semanas y permanecían separados de cuatro a cinco.” (El hombre de la máquina de escribir. Milenio.)  Era esa distancia, quizás, esa ausencia que mantenía el lazo indisoluble que producía un afectuoso extrañamiento.

La vejez suele ser asociada a la soledad. Bien lo expresa Gabriel García Márquez que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. Soledad y vejez obliga a la introspección, al autoanálisis, a hacer un repaso a lo largo del camino en el que se asoman los arrepentimientos, las añoranzas y a veces el juicio frío e implacable por las intenciones que no pasaron la línea insuperable del deseo.

Ausencias eternas, silencios, tiempos de enfrentar impasibles la inevitable melancólica e irremediable carencia y el desamparo. ¿A cambio de qué?

Como Prometeo tal vez valga la pena sufrir el silencio, el abandono y el sosiego dejando que un monstruo nos cercene las entrañas, para después como todo un héroe, entregar a los hombres, el fuego, nuestra sabiduría.