• 07 de Octubre del 2022

Frío, temblores y sombras

 

En mis momentos de conciencia, efímera y confusa, un anciano alado me observaba, “es un ángel que viene por mí” pensé con cierto consuelo

 

 Luis Martín Quiñones

Desperté por un breve instante cuando un frío me hacía estremecer y convulsionaba todo mi cuerpo. La pérdida del control de mis músculos me hizo sentir vulnerable. Abría los ojos, los volvía a cerrar. Un temor del que jamás hubiera sospechado sentir, se apoderó de mi voluntad.

Sólo miedo era lo que podía percibir en ese momento. Mi cuerpo estaba preso de algo extraño, de mayor fuerza de la que yo pudiera oponer resistencia. ¿Cómo controlar ese frío mortecino, ese incesante golpeteo incontrolable de mi cuerpo?

Pude palpar el frío, sentir su peso en mi cuerpo que me sometía a su voluntad, a su incontenible fuerza de hielo, un bloque pesado que no se podría destruir sin la ayuda de algún dios. Vi su color azul oscuro en dónde estaba atrapado, en un pozo de luz tenue, profundo y sombrío que me envolvía con sus aguas trémulas.

En mis momentos de conciencia, efímera y confusa, un anciano alado me observaba, “es un ángel que viene por mí” pensé con cierto consuelo. Pero no, supe que era Bóreas, el dios griego que batía   sus alas con un viento cruel, helado e infinito. Pero con sus aires gélidos, movió mis pensamientos, mis recuerdos. Y creí que se acercaba el momento de que yo fuese un recuerdo. Tal vez, muy pronto, pensaba en mi delirio, alguien podrá   evocar mi pasado, mi sonrisa y mis empeños, mis obsesiones que eran mis locuras, mis locuras que fueron la llama de mi vida.

Mi delirio era cada vez mayor, el anciano partió y sólo alcancé a ver sus barbas congeladas. Estoy muriendo, debe ser eso, la muerte es pálida, como los destellos que atisbo, borrosos y descoloridos. La muerte es un témpano que constriñe sin misericordia a los moribundos, a los que están por cruzar por los estrechos caminos de lo desconocido. La muerte es oscuridad, mis ojos cerrados veían la nada, el vacío, la noche. Pedazos de sombras me rodeaban, fragmentos de oscuridad que jugaban con sus formas de demonios reían mostrando sus fauces aún más oscuras.

El frío me adormecía cada vez más, mi conciencia se perdía en un sólo pensamiento:  en las miradas que vi por última vez cuando partí a lo que creí era una aventura más, un viaje del que saldría triunfante.  Había izado mis velas hacia aguas desconocidas para regresar y encontrar el faro que me guiara a tierra firme; había partido con una extraña felicidad que me haría enfrentar lo desconocido; había comenzado un viaje con la firme convicción del regreso del argonauta que retorna para platicar sus aventuras.

El témpano caía, la lápida enfriaba más y más mi cuerpo. Convulsionaba sin control. Un murmullo de voces lejano, extraño, me sacó del estupor. Una voz femenina que pronunció mi nombre me hizo despertar. “¿Cómo te sientes?”, me dijo. Muy mal, tengo mucho frío y me duele mi rodilla, contesté mientras mi cuerpo se movía sin mi voluntad. El dolor intenso, derivado por la cirugía de mi rodilla izquierda, me regresó la realidad: el viaje había terminado.

Un analgésico desconocido entró en mi torrente sanguíneo hasta que el dolor cedió. Vi dos caras de preocupación, al cirujano y a la anestesista. Un ventilador cálido comenzó lentamente a calentar mi cuerpo, pude cerrar los ojos, las sombras se habían ido y sólo me quedó la interrogante del porqué de aquel momento en que el frío me tomó en sus brazos.