• 22 de Septiembre del 2021

La casa bonita

Facebook / Casa Azul de Frida Kahlo / CdMx

Andaría por los nueve cuando comencé a acariciar la idea de la venganza. La casa de los Rodríguez era por aquel entonces una de las más guapas de la colonia. Al frente de un portón eléctrico con doble hoja, de los primeros que se instalaron en la ciudad, se levantaba un colorín tremendo: el árbol mágico del que mi madre nos tenía prohibido comer. Ella decía que sus frutos eran somníferos, pero aun estando maldito, la sombra de aquel zompantle era como el sonido de una flauta encantada.

 

     El aviso bastó para que mis hermanos y yo nos abandonáramos al arte de la desobediencia. A partir de ahí nos dedicamos a recoger los frijolitos rojos, que brotaban entre espadas de seda, para guardarlos en frascos bajo la cama. Muchos años después supe que mi madre no mentía al respecto. Incluso, sobé en la imaginación la idea de que para escaparse alguna noche, molía esas semillas con el oscuro propósito de ponernos a dormir la mona.

     “La casa bonita”, como dimos en llamarla, era el refugio de una familia aspiracional: una mamá con cuerpo de vedet, unos hijos de ojos azules como canicas y un papá que me dejaba sin aire nomás asomar el cuerpo. Era el hombre más hermoso que había visto en la vida y diría que tuve mis primeros sueños húmedos con él, si no fuera porque a esa edad no me encontraba facultada para tan grandes provechos. Me fascinaba ver sus muslos apretados dentro de unos jeans a los que no les cabía nada más, e imaginar sus manazas morenas sobre mi inexistente cintura. Por las tardes, Papá Rodríguez salía a pelotear a media calle con sus cuatro hijos en marimba. A través de la ventana de la cocina los veía disfrutar de una asquerosa placidez mientras pensaba en mi padre, que había salido a comprar cigarros ─desde ya ni me acordaba cuándo─ convirtiendo a nuestro núcleo en un matriarcado disfuncional: abuela controladora, tía concupiscente, madre irritable.

     Con todo, Papá Rodríguez no se me antojaba en el papel de tutor. Yo lo quería para cometer matrimonio. Nos imaginaba unidos para siempre, con ese candor que escupen los cuentos de hadas, procreando criaturas de ojos tan verdes como los míos. La edad era lo de menos, lo que sí estaba muy cabrón era el asunto de la vedet. La mujer me aventajaba en adornos y además de buena (nunca mejor dicho), era un ramillete de virtudes. Un pacto debía tener la señora con los seres de las tinieblas, porque no existía ama de casa descarnada que le tuviera tanto coraje como yo. Ella parecía resignarse al pecado de su perfección. A mirar el mundo de afuera, desde sus altísimos tacones, igual que a un inesperado accidente de la naturaleza. Yo era quizá la única persona a la que no podía engañar. Dentro de sus ojos translúcidos debía existir un burdo secreto, un algo que la condenara al exilio dejándome el camino libre.

     Lo más íntimo de la venganza reside en transferir nuestro dolor al otro. No es suficiente el desquite, también hay que perjudicar. De haber tenido acceso a la información que circula hoy en día, con suerte hubiera optado por envenenarla con los frijoles de su propio árbol, pero en casa apenas contábamos con la Enciclopedia Británica, dos libros biográficos de la Tigresa y una lacrimógena confesión, a propósito de la guerra civil española, en voz de Gloria Lasso. Invéntale un chisme ─me dije. Cuenta que la viste en el andador C, besuqueándose con el carnicero de la esquina. Y así lo hice. Comencé a circular la noticia entre los más comunicativos para que el resultado no se hiciera esperar y, muy pronto, el asunto llegó por vía telefónica a oídos de mi madre. Lo habían adornado con florituras que nunca rumié por simple falta de experiencia. Hubo testigos, afirmaron, que los vieron salir del “Cinco Letras”, un motel que aún existe dentro de los límites de la colonia, arbitrariamente cerca del jardín de niños que lleva el mismo nombre.

     Papá Rodríguez dejó de salir a pelotear por las tardes y Mamá Vedet empezó a meter la casa en cajas de cartón. Yo me debatía entre atizarle al fuego o confesar, pero me ganaron la prudencia y el pavor a los alcances punitivos de mi madre. Un día llegó el camión de la mudanza y cargó con todo. Era octubre. El colorín tenía las ramas pelonas de los árboles próximos a hibernar. Había extraviado su sombra. Desde la cocina escuché el sonido mágico de la flauta, un llanto estrangulado que se convirtió en la melodía más triste del mundo: detrás de aquella caja rodante se iban mis esperanzas, el hombre de mi vida, y un juego de serpientes y escaleras que había olvidado en la casa más bonita de aquel entonces.

 

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Twitter: @mldeles

 

De la Autora

He colaborado en el periódico Intolerancia con la columna "A cientos de kilómetros" y en la revista digital Insumisas con el Blog "Cómo te explico". Mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en “Basta 100 mujeres contra Violencia de género”, de la UAM Xochimilco y en “Mujeres al borde de un ataque de tinta”, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

He sido finalista del certamen nacional “Acapulco en su Tinta 2013”, ganadora del segundo lugar en el concurso “Mujeres en vida 2014” de la FFyL de la BUAP, obtuve mención narrativa en el “Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores”, con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el “Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017” de Fá Editorial.

He participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.