• 22 de Octubre del 2020

Pasión y muerte de Atenógenes Rueda

BBC

Atenógenes Rueda se enjugó el sudor de la frente antes de ocultar el arma homicida en un cajón del antiguo secreter de su mujer. Era innegable que el compartimiento había dejado de ser un escondite seguro, pues desde tiempos inmemoriales casi todos los habitantes de la hacienda ─incluidos los que formaban parte del servicio─ utilizaban la guarida con muy diversos y disparejos propósitos.

 

         Rosaura, el ama de llaves, solía introducir en el cajoncillo de su patrona las cartas de amor recibidas durante sus enredos con Fausto, el lechero, hasta el día en que el hombre le paseó por delante a la mucama del rancho vecino, que además era diez años menor y se fajaba la cintura con un cincho de cincuenta centímetros. Conchita, la benjamina de los señores, guardaba en el citado recoveco los dientes que iba mudando y los mechones que se arrancaba de las trenzas cada vez que le entraba el mimiquis, mientras Ulises, el primogénito, recurría al escondrijo para almacenar los paquetitos de yerba mala que intercambiaba por el clonazepam de su madre a las puertas del colegio.

         En aquel cajón habían entrado y salido, salido y entrado, cualquier cantidad de evidencias sin que persona alguna se detuviera a hurgar en la caterva de intimidades que allí dormía el sueño de los justos. La discreción que privó en la casa grande durante los muchos años que el viejo mueble sirvió de tapadera, formó parte de un código de etiqueta estructurado a base de connivencia y costumbre. Quien haya llegado a enterarse de los perturbadores secretos del otro tuvo la decencia de callárselo por siempre, ya que ninguno estaba como para lanzar la primera piedra.

         Doña Emperatriz, dueña y señora del mueble, fue la única que no se sirvió jamás de la mentada caja de Pandora, y esto no por falta de inspiración o de algún pecadillo, sino porque la conciencia le alcanzó para recelar de los demás aun cuando no fuera necesario. Tenía por hábito el ejercicio de la suspicacia, de modo que para ocultar sus cuestiones íntimas prefería acudir a casa de la encantadora Constanza, su cómplice y confidente desde los tiempos del jardín de niños. Con ella se sentía en liberad para abrirse de capa y confiarle sin miramientos sus travesuras de mujer casada por la fuerza con un perfecto desconocido.

         La tarde en que Atenógenes Rueda se metió a hurtadillas en el dormitorio de su esposa, la familia se encontraba en un festejo conmemorativo por el estreno de la luz artificial, fechado un siglo atrás. En el pueblo se había suspendido el suministro de energía eléctrica para que ricos y pobres vivieran la falta de tan elemental servicio y aquello era una boca de lobo. Las sombras se perdían entre paredes y baldosas en tanto en los recodos, amantes disolutos, atroces criminales y alguno que otro borracho impertinente, ocultaban su deshonesto actuar al amparo de la negrura.

Era una silenciosa pausa suspendida en la noche de los tiempos. La penumbra alcanzaba a resbalar sobre el dormitorio de doña Emperatriz cuando Atenógenes Rueda, aprovechando la soledad reinante y en ausencia de sus facultades mentales por el crimen que acababa de cometer, envolvió en un pañuelo blanco la pistola que le escaldaba la diestra. No se le ocurrió escondite mejor. Abrió el cajón de los misterios y depositó el arma, todavía caliente, sobre los restos de la yerba que Ulises había dejado en resguardo. Venía de matar a su mejor amigo, a quien dejó tirado en mitad de la calle y en calzoncillos “como correspondía a un perro de su calaña”, según refirió minutos antes al párroco en secreto de confesión.

Fue una simple casualidad que el entonces futuro asesino encontrara la bolsa de terciopelo rojo bajo la cama de la encantadora Constanza, su amante de toda la vida, mientras dedicado a los arrebatos del amor una de sus muelas postizas se estrelló contra los mosaicos del piso. Presa del pánico, Atenógenes Rueda maniobró en intrépida acrobacia para que ella no cayera en cuenta de su defecto, pero, oh, desgracia, al agacharse sus ojos toparon con el extraño envoltorio. Cómo iba a imaginarse entonces que el más grande de los infortunios se le desvelaría en el mojoncito escarlata que, sin dilación y por puro morbo, abrió sin solicitar permiso.

El saco de marras contenía evidencia suficiente de la pasión existida entre su mejor amigo, síndico municipal y prócer del pueblo, y doña Emperatriz, hasta esa mañana su amantísima y fiel esposa. Dentro de él se encontraban no sólo las epístolas de amor que desde la infancia habían intercambiado, sino también el libro de citas en que ella fechaba sus encuentros junto con la descripción de los atropellos horizontales de mayor relevancia. Eran de tal envergadura y tan explícitas aquellas bárbaras referencias, que no dejaban lugar al beneficio de la duda.

         Cargando el peso de la deshonra sobre los hombros, Atenógenes Rueda volvió a su casa vacía y se internó en el dormitorio conyugal. Las horas fueron transcurriendo despacio hasta las diez de la noche, cuando la familia regresó a la hacienda procedente del oscuro jolgorio y doña Emperatriz se dirigió a la alcoba con intención de hacer sus oraciones nocturnas. En ese momento, lacio de culpa y oprobio, el hombre sacó la pistola del escondite en el secreter. Corrió a agazaparse detrás de la puerta y esperó a que le llegara una oportunidad, como lo habría hecho cualquier ladrón de poca monta.

No le alcanzó el ímpetu para confesar el modo en que se había enterado de aquel desliz, ni halló palabras coherentes con que reclamar a su esposa por una falta que él mismo cometía con regular agrado desde antes de casarse. Sólo atinó a respirar profundo y, sin mirarla, disparó sobre ella cuatro balazos llenos de angustia. Se sacó los pantalones y la camisa para morir en calzoncillos, “como correspondía a un perro de su calaña”, y se metió el último plomo en la boca al tiempo en que la luz se encendió como por arte magia para bañar la hacienda con un resplandor espeluznante.

------------------------------

 

Twitter: @mldeles

 

De la Autora

He colaborado en el periódico Intolerancia con la columna "A cientos de kilómetros" y en la revista digital Insumisas con el Blog "Cómo te explico". Mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Almiar, Más Sana y Punto en Línea de la UNAM y antologados en “Basta 100 mujeres contra Violencia de género”, de la UAM Xochimilco y en “Mujeres al borde de un ataque de tinta”, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

He sido finalista del certamen nacional “Acapulco en su Tinta 2013”, ganadora del segundo lugar en el concurso “Mujeres en vida 2014” de la FFyL de la BUAP, obtuve mención narrativa en el “Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores”, con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el “Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto 2017” de Fá Editorial.

He participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP.